Notas para una historia de las intérpretes: intersecciones entre Europa y América
By Jesús Baigorri Jalón (Universidad de Salamanca, Spain)
Abstract
English:
This article consists of very brief stories of eight women interpreters with different itineraries that fit into the theme of intersections between Europe and America, the subtitle of a symposium of the Alfaqueque research group in November 2023, with methodological precedents in Payàs, Gertrudis and José Manuel Zavala eds. (2012); and Alonso Araguás, Icíar et al. eds. (2015). The performance of these women as interpreters was linked to migrations between the European and American continents, often directly or indirectly motivated by wars and cataclysms. This is the main argument of this article. I rely on sources of diverse texture from personal interviews from the past and present, private and public archives, memoirs, and digital media. The aims of these pages are to underpin the idea that female and male interpreters have been present at many moments in history and to show that telling women’s personal and professional stories contributes to a better knowledge of our past and a better understanding of our present.
Spanish:
Este artículo consiste en unos brevísimos relatos de ocho mujeres intérpretes con itinerarios diferentes que encajan en el tema de las intersecciones entre Europa y América, el subtítulo de un encuentro del Grupo Alfaqueque en noviembre de 2023, con antecedentes metodológicos en Payàs, Gertrudis y José Manuel Zavala eds. (2012), y Alonso Araguás, Icíar et al. eds. (2015). El ejercicio de la interpretación por estas mujeres estuvo ligado a migraciones entre los continentes europeo y americano, motivadas muchas veces, de forma directa o indirecta, por guerras y cataclismos. Este es el argumento principal de este texto. Me apoyo en fuentes de diversa textura procedentes de entrevistas personales del pasado y del presente, archivos privados y públicos, memorias, y medios de comunicación digitales. Los objetivos de estas páginas son apuntalar la idea de que las/los intérpretes han estado presentes en muchos momentos de la historia y mostrar que la narración de sus semblanzas personales y profesionales contribuye a conocer mejor nuestro pasado y a entender mejor nuestro presente.
Keywords: History of interpreting, women interpreters, intersections, America, Europe, Historia de la interpretación, mujeres intérpretes, intersecciones, Europa
©inTRAlinea & Jesús Baigorri Jalón (2025).
"Notas para una historia de las intérpretes: intersecciones entre Europa y América"
inTRAlinea Special Issue: Intérpretes: historiografía, contextos y perspectivas de una práctica profesional
Edited by: Críspulo Travieso-Rodríguez & Elena Palacio Alonso
This article can be freely reproduced under Creative Commons License.
Stable URL: https://www.intralinea.org/specials/article/2696
0. El making of de estas nanohistorias
En este trabajo confluyen varias intersecciones: entre los dos continentes, entre interpretación y conflicto, y entre varias disciplinas: historia, sociología de las profesiones, comunicación, estudios de la memoria, estudios de traducción e interpretación, género y traducción, y mujeres y traducción.[1] Michelle Perrot, historiadora pionera de la mujer ha dedicado mucho tiempo à construire l’histoire des femmes, mostrando cómo las mujeres han ido pasando de ser vistas como personas limitadas a sus ámbitos privados, cuando no como cuerpos, a ser observadas en el espacio público, con distintas ocupaciones, desde la política a la creación artística (Duby y Perrot 1991-1993). Una de esas ocupaciones ha sido la interpretación, una actividad feminizada a lo largo del último siglo, aunque con precedentes muy anteriores. Frances Kartunnen (1994) incluye ejemplos de algunas bien conocidas del pasado (Malinche, Sacajawea, Sarah Winnemucca). Malinche también ha sido estudiada por Pilar Godayol (2012) y Roberto Valdeón (2013) entre otros. Jean Delisle publicó una serie de retratos de traductoras (2002), que tuvo continuación para España en Dolores Romero López (ed.) (2016). Delisle (2019) ha estudiado los y las intérpretes del Canadá. José Santaemilia y Luise von Flotow (eds.) (2011) dieron cauce a la intersección “género y traducción” o “mujeres y traducción”, que se ha venido afianzando a lo largo de los últimos treinta años (Santaemilia 2022: 9). Figuras de mujeres intérpretes aparecen en la confluencia entre interpretación y conflicto en diversas compilaciones (Marija Todorova y Lucía Ruiz Rosendo 2021). Existen diversos estudios sobre el colectivo de hombres y mujeres intérpretes de la URSS que intervinieron en la Guerra Civil española (Marcos Rodríguez Espinosa 2003, 2016, 2019; Michaela Wolf 2019; Iryna Orlova 2019a, 2019b; Julia Kölbl, Iryna Orlova y Michaela Wolf (eds.) 2000), parte de cuyos trabajos se apoya, entre otras fuentes, en memorias publicadas por las propias intérpretes. En parte de mi investigación hay referencias más o menos extensas a mujeres intérpretes (Baigorri Jalón 2002, 2003, 2004, 2006, 2008, 2019).
Redactar estas notas habría sido imposible sin la investigación de historia oral que emprendí hace casi treinta años,[2] cuando tuve la oportunidad de entrevistar en el entorno de las Naciones Unidas en Nueva York a cuatro de las intérpretes (Monique Fong Wust, Nora Weiss, Marta Herrera y Paula Faraone), con las que he seguido manteniendo contacto personal a ambos lados del Atlántico y por teléfono o por correo electrónico. Con Araceli Ruiz Toribios solo tuve contacto personal cuando la entrevisté en una visita suya a la Universidad de Salamanca en el año 2000. Los relatos de las otras tres intérpretes (Grace Bagnato, Kajsa Rothman y Adelina Abramson), de las que existen referencias biográficas en Internet, los he compuesto a partir de fuentes escritas diversas, que exploto con enfoques distintos según cada caso. Todas tienen cabida aquí como parte de la historia de la interpretación construida desde abajo.
Los relatos que siguen tienen algunos elementos comunes, pero he tratado de emplear enfoques distintos según los casos para mostrar el valor que tienen las diferentes fuentes, dando como resultado una cierta variedad de formas de componer cada narración. En la historia de Grace Bagnato parto de una placa pública que le dedicó la familia con respaldo de la ciudad de Toronto, resaltando su labor de intérprete: la persona adquiere así para la posteridad la condición de personaje, que en cierto modo ya tuvo en vida. Para Kajsa Rothman he utilizado ante todo archivos históricos, de los que he destilado un resumen orientado a destacar el papel que sus idiomas representaron como herramientas en el conflicto civil español de 1936 a 1939. Una de las cien intérpretes que acompañaron a los soviéticos que apoyaron a la República en aquella guerra fue Adelina Abramson, para cuyo relato me apoyo ante todo en las memorias que escribió con su hermana Paulina, publicadas bajo el título de Mosaico roto. Mi exposición sobre Monique Fong Wust, que desarrolló toda su vida profesional como intérprete de conferencias independiente [freelance] se basa sobre todo en fuentes orales, inéditas o no, que apuntan también a su amplia actividad de traductora. En el caso de Araceli Ruiz Toribios me baso en la entrevista que me concedió en 2000, de la que recupero aspectos pertinentes para este trabajo, completados con otras fuentes escritas. La nanohistoria de Nora Weiss es la de una intérprete-tipo de la generación que empezó a trabajar en las Naciones Unidas hace cincuenta años. Dimana ante todo de un trabajo de historia oral, apuntalado con contactos personales a lo largo de mucho tiempo. En el caso de Marta Herrera, con dos etapas profesionales (en Cuba y en la ONU), he decidido analizar una fotografía de su álbum personal cuya interpretación solo ha sido posible gracias a su memoria. Su historia se completa con conversaciones lejanas y cercanas. Por último, Paula Faraone es un ejemplo de intérprete de las Naciones Unidas perteneciente a la generación siguiente a la de Nora Weiss, que está cerca de cerrar su vida profesional como funcionaria. Su caso, basado en el andamiaje de la historia oral, es una muestra de cómo el exilio por razones políticas de sus padres desde Montevideo a París, cuando ella era muy pequeña, le sirvió de caldo de cultivo para su inclinación por los idiomas y la geopolítica.
1. Grace Bagnato (Genovese) (Scranton, Pensilvania 1891―Toronto, Canadá 1950): placa en memoria de la primera inmigrante ítalo-canadiense nombrada intérprete oficial de tribunales (Ontario, Canadá, 1921)[3]

Figura 1: Placa de Grace Bagnato https://readtheplaque.com/plaque/grace-bagnato#gsc.tab=0
Esta placa conmemorativa, en la que se resume la biografía de Grace Bagnato,[4] permite ilustrar un aspecto derivado del concepto de régimen de historicidad (François Hartog 2003), caracterizado, según él, en nuestras sociedades occidentales, por el presentismo, en el que los conceptos de memoria, conmemoración, patrimonio e identidad vertebran la relación del presente con el pasado. Esos cuatro componentes aparecen, de una u otra manera, identificados en la placa, que constituye una muestra de la espacialización de la memoria pública (Annet Árvay y Kenneth Foote 2020: 129), algo que enlaza con uno de los pioneros de la memoria colectiva, Maurice Halbwachs (Sarah Gensburger 2020). Ese monumento forma ya parte del paisaje urbano de la ciudad de Toronto como un lugar de memoria [lieu de mémoire] y conmemoración, según el concepto acuñado por Pierre Nora (1984).[5] También es un ejemplo histórico de lo que Sherry Simon (2019) ha llamado los “sitios de traducción” [translation sites], ya que la placa se ubica en la zona, hoy muy transformada, donde Bagnato vivió, aprendió los idiomas y ejerció su labor de intermediaria entre sus convecinos, inmigrantes de muchos lugares de Europa, y las autoridades administrativas y judiciales de la ciudad, es decir, entre interlocutores asimétricos.
Bagnato personifica el desarrollo del empleo de intérprete oficial de tribunales, cuya jurisdicción profesional contribuyó a consolidar en Canadá. Aunque Grace nació ya en el continente americano, su caso ilustra el carácter híbrido de su personalidad, derivado del entorno italiano en el que se crio y desarrolló luego su vida de casada y de madre, mientras se mimetizaba con la sociedad de acogida, primero en Nueva Jersey y al poco tiempo en Toronto, para el resto de su vida. En ella confluyen las intersecciones entre los dos continentes: el viejo, con sus inagotables complejidades, y el nuevo, que ella misma contribuyó a perfilar en la dirección que ha seguido durante el último siglo.
La intérprete aprendió los idiomas en las calles de su barrio, lo que no significa que alcanzara un dominio académico impecable de todos ellos, sino un nivel suficiente para salvar el umbral de la comunicación. Aprendería a interpretar igualmente de forma espontánea, es decir, practicando; por cierto, los funcionarios y administradores de justicia también se acostumbrarían sobre la marcha a la presencia de intérpretes como facilitadores imprescindibles para el desempeño de sus cargos. Ese modelo de aprendizaje espontáneo de idiomas y oficio ha sido común en muchos intérpretes a lo largo de la historia. Considerando que compartía con sus vecinos la condición de inmigrante –en su caso, con la ventaja de haber sido educada en inglés desde la niñez– cabe pensar que, sin cuestionar su fidelidad en la traducción de los discursos orales –que incluía retos adicionales como el de los dialectos, por ejemplo, en el caso de los inmigrantes italianos– desarrollaría su labor con un sesgo de empatía hacia los más débiles, siempre en desventaja cuando tenían que tratar con las autoridades municipales, los juzgados, etc. Es plausible pensar, por tanto, que en el ejercicio de sus funciones tendría presentes la condición social de sus convecinos, empezando por los de origen italiano, así como algunas de sus características culturales, desde costumbres ancestrales en sus relaciones sociales hasta tradiciones religiosas e incluso culinarias, que condicionaban sus visiones de un mundo tan distinto de los suyos de origen. Su trabajo de intérprete permitía que los inmigrantes se fueran integrando en su nuevo entorno, lo que solía alcanzarse en la segunda generación. Por eso era frecuente que los hijos de los recién llegados, aun siendo niños, sirvieran de mediadores de la comunicación, como sigue sucediendo en nuestras sociedades (Rachele Antonini 2010).
En la placa se mencionan algunos de los idiomas que aprendió Bagnato en The Ward, un barrio de inmigrantes que fueron llegando a caballo de los siglos XIX y XX, agrupándose al principio por zonas en función de unas afinidades lingüísticas que sirvieron como identificadores de su procedencia. Las lenguas citadas en la placa –que no fueron las únicas que manejaba Grace– coinciden con varias de las que se hablaban en Białystok, ciudad en la que el oftalmólogo Ludwik Lejzer Zamenhof concibió en 1887 el esperanto como lingua franca para superar las barreras de comunicación entre las distintas comunidades. En ello puede verse tal vez una metáfora de la valía de esta mujer multilingüe e inseparablemente multicultural como pionera de un activismo social integrador en el entorno en que le tocó vivir.
2. Kajsa Rothman (Karlstad, Suecia, 1903―Tequisquiapan, Querétaro, México, 1969), intérprete en la Guerra Civil española[6]
Con metodología típica del historiador –espigar en los archivos las pruebas que hacen verosímil su relato– he estudiado recientemente a la Rothman intérprete.[7] Expondré aquí algunos aspectos sobre su empleo de las lenguas en la guerra civil.
Cuando Kajsa se instaló en Barcelona en 1934 para montar una agencia de excursiones para visitantes extranjeros, tenía un largo historial de viajera por varios países europeos, en los que había ido acumulando idiomas,[8] y un bagaje laboral variopinto de cuidadora de niños, bailarina de maratón y gobernanta. Además, poseía un cuerpo atlético de un metro ochenta, que le daba una gran visibilidad – “¡la sueca, alta, rubia!” –,[9] sobre todo en ámbitos bélicos, mayoritariamente masculinos en la España de entonces. Aquellas características la hacían muy versátil en una guerra: fue camillera y ayudante de enfermería, emitió programas de radio y escribió artículos en sueco y acompañó como intérprete a corresponsales extranjeros desde la Oficina de censura y propaganda de la República.
En una carta de marzo de 1937 dirigida a su madre, en Karlstad, Kajsa le contaba los horrores que presenciaba al transportar sangre a hospitales cerca del frente para transfusiones a los soldados heridos. En Guadalajara, le narraba, había asistido al doctor Bethune operando a un soldado sueco, Bruno Franzén, gravemente herido (perdería un ojo, una mano y parte de la otra). En una frase de aquella carta describe la alegría del muchacho, con la cabeza vendada, al poder hablar con alguien en sueco: He was so glad to speak to someone Swedish. (Hansson 2020). El comentario pasa de lo anecdótico a representativo de un fenómeno del lenguaje y la comunicación, repetido en más ocasiones durante la guerra: en una situación crítica como aquella, el paciente se agarra al idiolecto más íntimo como último asidero al que aferrase a la vida, como si la lengua tuviera un poder taumatúrgico. Rothman iniciaría inmediatamente una campaña para conseguir una mano ortopédica para el soldado, que tuvo éxito y reflejo en la prensa sueca cuando el muchacho regresó a su país y se le implantó la mano. Con ello demostró su empatía por aquel herido, que personificaba, en cierto modo, a “todos los heridos”, así como su activismo para movilizar a la opinión pública sueca a través de la prensa. Lo volvería a hacer, recaudando ayuda en Suecia para los niños españoles, a los que había asistido en colonias en España, igual que asistiría a refugiados españoles en Francia al acabar la guerra.
En una muestra de su amplia labor de acompañamiento a corresponsales extranjeros, encontramos una expresión espontánea de la escritora estadounidense Dorothy Parker (1938:16) de lo que entiende por interpretar, cuando asiste a una conversación con unos soldados republicanos en un café de Valencia: We sat there, and listened to what the Swedish girl told us they were saying. Parker y su marido escuchaban a la muchacha sueca, que “nos contaba [en inglés] lo que [los soldados] decían [en español]”. El empleo por Parker de los verbos tell y say no sería casual, al caracterizar la tarea de la intérprete como un filtro que convertía una lengua en otra al tiempo que transformaba en discurso coherente una conversación desordenada de seis soldados en medio del alboroto de un café.
En algunos documentos del expediente de Rothman en el archivo citado de Moscú,[10] los servicios secretos de la República, inmersos en la paranoia estalinista soviética, dudaron de su lealtad política, duda despejada primero por su jefa,[11] y luego categóricamente cuando, al acabar la guerra, pide refugio en México.[12] Solicitó visado en una carta en francés a la Legación mexicana en Estocolmo en julio de 1939. Justificaba su petición en el trato admirable que México les había dado a los refugiados españoles, por quienes ella tenía unos sentimientos muy especiales hasta el punto de considerar al pueblo español como propio, car je vivais en Espagne avant et pendant la guerre et j’aime le peuple espagnol comme si c’était le mien.[13] Viajó después del estallido de la II Guerra Mundial.[14] Tenía intención de terminar de escribir en unos meses un libro sobre los españoles, que nunca vio la luz, y ella no regresaría de México. Se instaló en Tequisquiapan, donde estableció escuelas para niños indígenas, pero se desplazó por razones de salud al Yucatán. Allí se dedicó a enseñar las ruinas mayas a visitantes europeos hasta las vísperas de su muerte de cáncer, cuando regresó a Tequisquiapan, donde está enterrada, sin haber perdido nunca su nacionalidad sueca.[15]
3. Adelina Abramson Kondrátieva (Buenos Aires 1917―Moscú 2012): piezas de un mosaico roto
“La vida sin memoria no es tal” Adelina Abramson, Mosaico Roto (1994: 75)
Existe información biográfica amplia sobre Adelina Abramson accesible en distintas fuentes de Internet, a las que remito para completar su historia. Aquí recurro como fuente a algunos párrafos escritos por Adelina tomados de las memorias publicadas por las dos hermanas, Paulina y Adelina Abramson (1994). Las memorias tienen un componente elevado de subjetividad y lo que se escribe es un destilado de recuerdos –por tanto, también de olvidos– pasados por el tamiz de las visiones forjadas a lo largo del tiempo a partir experiencias posteriores a los hechos.[16] Los mosaicos rotos mantienen piezas unidas en trozos y el de Adelina permite ver la fusión de Argentina con la Unión Soviética (luego Rusia) pasando por España. Adelina no fue una veterana cualquiera de la Guerra Civil española, sino que se empeñó tenazmente en la preservación de la memoria de quienes habían pasado por aquella guerra. Algunos de ellos eran viejos conocidos desde su época argentina y otros técnicos y militares para los que tradujo e interpretó. Todos acudieron a España en apoyo de la República contra los rebeldes, que representaban el ascenso del fascismo y el nazismo en Europa, en una especie de prólogo de la II Guerra Mundial, en la que también participó Adelina. Muchos de ellos recibieron condecoraciones, pero algunos también el castigo inesperado de las autoridades a las que habían servido. Las memorias, en ese sentido, pueden considerarse una obra sinfónica, con mucha información de otros personajes, en particular intérpretes, que así quedan preservados del olvido.
Adelina Abramson Kondrátieva nació en 1917 en Buenos Aires, hija de exiliados políticos rusos que huían del zarismo y que continuaron su activismo comunista con otros exiliados y con militantes locales en Argentina hasta que el golpe del general Uriburu de 1930 se transformó en 1932 en una dictadura, que obligó a la familia a huir y buscar refugio en la Unión Soviética, un territorio desconocido para las hermanas Abramson. A sus 14 años, Adelina se vio trasplantada a una vida totalmente distinta, empezando por tener que ir a la escuela rusa sin entender el idioma: “…mis conocimientos del ruso eran nulos” (1994: 11). En pocos años aprendió lo suficiente, de ruso y de otras materias, como para ser llamada en 1937 a interpretar para los aviadores soviéticos que intervinieron en España hasta su retorno a Moscú a comienzos de 1938. Allí se encontró una situación de zozobra e incertidumbre para los regresados de España (al que fue su jefe, el general Douglas, lo fusilaron). Ella volvió a estudiar, pasando por la Facultad Obrera –una educación preuniversitaria– y luego por el Instituto para Ingenieros de Aviación, donde duró solo un año, porque en abril de 1941 le propusieron pasar a la Facultad Militar del Instituto de Idiomas extranjeros. “Yo acepté estudiar italiano. (…) Nuestra sección [todas mujeres] en un año debía capacitarse en traducción oral y escrita del italiano al ruso y viceversa y en materia militar” (1994: 114, 116). Ello no impidió que en agosto de 1942 la enviaran a Voljov, donde actuaban los españoles de la División Azul y podía ser útil, pero cuando llegó aquella división había abandonado el frente y la trasladaron al sector donde había unidades del ejército italiano. La primera tarea que le encomendaron fue interrogar a cinco prisioneros italianos.
Lo que más me indignó fue el comportamiento del capitán durante el interrogatorio: a uno de los más empecinados le dio puntapiés hasta que empezó a sangrar y gritar. No pude resistir y por unos minutos salí del galpón. El capitán enmudeció porque no podía interrogar sin la intérprete. Yo entré y finalizamos este maldito interrogatorio. (1994: 118)
Adelina trató de hacerle ver al capitán, cuya función dependía en aquella situación de la intérprete, que los soldados italianos no eran como los alemanes (“hitlerianos” los llama ella), donde aflora un sentimiento de empatía por el débil, al tiempo que establece unos niveles de maldad, quizá estereotipados desde la guerra de España, según la procedencia “antropológica” del enemigo, porque en su siguiente destino en “la plana mayor de una división que se enfrentaba con un Cuerpo del Ejército italiano Alpino” (1994: 118), experimenta, junto con su colega Pavlov, intérprete de alemán, sensaciones similares respecto a alemanes e italianos (1994: 119).
Cuando termina la guerra, vuelve al puesto del que partió, el Instituto Militar de Idiomas, donde se respiraba un ambiente ideológicamente sofocante:
El cuerpo docente del instituto estaba compuesto en su mayoría de extranjeros, profesores de idiomas no militares, así como de los ex intérpretes que regresaron de los cursos en los que durante la guerra utilizaron su arma –el idioma inglés– en los puertos nórdicos de la Unión Soviética, adonde llegaba ayuda militar y víveres para el ejército.
El ambiente en el profesorado era tenso: cada día desaparecía algún profesor, y nadie se atrevía a hacer preguntas o comentarios. (1994:121)
Esta cita confirma la ósmosis entre profesiones lingüísticas: interpretación, traducción y enseñanza de idiomas. También apunta, al referirse al uso que los intérpretes hacen de la lengua “como arma” a un aspecto clave: en situación de guerra las lenguas son artefactos bélicos tan útiles como las armas de fuego, porque las guerras internacionales se ganan también con el espionaje, la propaganda, la negociación y la comunicación con amigos y enemigos.
Adelina se refiere al pesar o miedo contenido, como para ocultar que detrás estaba Stalin, que experimentó la familia cuando la represión implacable que venía de muy lejos le afectó a su padre, detenido y encarcelado en 1951. En aquel ambiente gris, el general Bolshákov, que dirigía la cátedra de capacitación militar del Centro Docente Superior, adjunto al Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS consiguió que Adelina fuera incorporada como profesora de teoría y práctica de traducción con conocimientos de terminología militar a aquel centro (1994: 243). Allí siguió ejerciendo su carrera lingüística, que combinó con su dedicación a recuperar la memoria histórica de los militares veteranos de la guerra de España, iniciativa que cuajó en la Asociación Guerra y Exilio (1998) que presidiría hasta su muerte en Moscú. Obtuvo pasaporte español en 2009.
4. Araceli Ruiz Toribios (Venta de Baños, Palencia 1924―Gijón 2021): una niña de la guerra con tres patrias[17]
Reconstruyo la historia de Araceli a partir de una entrevista que le hice en el año 2000 y de algunas noticias de prensa y otras fuentes.[18] Su caso representa a un colectivo de unos tres mil niños y niñas evacuados a la URSS durante la Guerra Civil española para librarlos temporalmente –padres y niños pensaban que regresarían después de unos meses– de las penalidades de los bombardeos y del hambre. No podían imaginar que se verían envueltos en la II Guerra Mundial después de la invasión alemana de Rusia y que, por más que las autoridades soviéticas trataran de protegerlos, sufrieron las consecuencias de aquel conflicto en sus propias carnes, en muchos casos combatiendo –a veces muriendo– o trabajando en fábricas y campos para sostener el esfuerzo bélico. La Guerra Mundial primero y la Guerra Fría después les impidieron volver hasta muchos años después. Algunos no volverían nunca.
Con su marido en el penal de Burgos y con seis niñas en un Gijón en guerra, la madre de las hermanas Ruiz Toribios decidió enviar a las cuatro pequeñas a la Unión Soviética,[19] que ayudaba con asesores militares y técnicos a la República frente a los rebeldes franquistas y se ofrecía a acoger a niños y niñas de los republicanos españoles. Con ellos viajaron educadores y educadoras, que los formaban en español, en un entorno totalmente ruso, al que les costó adaptarse.[20] La administración de aquellas “casas de niños” necesitaba intérpretes, como contaban algunos niños en sus cartas (Sierra Blas 2009: 227-228), para entenderse entre sí.[21]
El recorrido de Araceli constituiría el guion de una película (Cristina Barbarroja 2015), que comenzaría en Gijón con su viaje a Rusia y terminaría en la misma ciudad asturiana, donde falleció a los 96 años en 2021. En Leningrado, adonde llegó el barco con los niños refugiados, pasó tres años. De allí enviaron a algunos a otra “casa de niños” en Odesa, en el Mar Negro, donde los sorprendieron los primeros bombardeos alemanes de la II Guerra Mundial en 1941. Los evacuaron en barco a Jersón y desde allí por el Dniéper a Sarátov, a orillas del Volga. Les dieron unos cursos y Araceli empezó a trabajar en una fábrica de material de aviación de guerra, primero como soldadora y luego de tornera, en medio de un frío y un hambre imponentes. Decidieron mandarlos a Tbilisi, en Georgia, con clima más suave, descendiendo por el Volga y pasando en distintos medios de transporte por Stalingrado, Astraján y Bakú. A Tbilisi también llegaron los bombardeos y, aprovechando que pasaba por allí un tren evacuando a los españoles de la “casa de jóvenes” de Leningrado, donde venía su hermana mayor, Araceli se escapó con ellos, a riesgo de ser declarada desertora: terminaron en Samarcanda, Uzbekistán. Sobrevivió recogiendo algodón en un koljós hasta que en 1945 los trasladaron a Moscú, donde terminó peritaje e ingeniería y trabajó cinco años como ingeniera en los ferrocarriles.
Al producirse la revolución de Fidel Castro, la llamaron para acompañar a los militares y técnicos soviéticos en Cuba, donde trabajó desde 1961 hasta 1967. Fue allí donde aprendió a traducir manuales y a interpretar en consecutiva sobre la marcha, basándose en el sentido común: estudiarse bien los temas, aprender mucho vocabulario en español, hacerse glosarios y hacerles entender a los oradores soviéticos cómo debían explicar para que ella pudiera transmitir sus lecciones sobre asuntos técnicos complejos a grupos de 30 o 40 soldados cubanos a veces recién llegados de la Sierra. Era una labor de mediadora no solo entre idiomas sino también entre niveles culturales. A lo complicado que era aquello, se añadía que se desarrollaba en la base militar de aviación soviética de San Julián, en Pinar del Río, donde se instalaron en secreto los misiles y las ojivas nucleares que dieron lugar a la crisis de 1962 con Estados Unidos. Al descubrir aquel despliegue, John F. Kennedy ordenó el bloqueo militar de la isla. Acuartelaron a todo el personal, incluidos los intérpretes, y se lanzó la situación de alerta. Al final cedieron los rusos y Nikita Jrushchov ordenó retirar el armamento soviético. El enfado de Fidel Castro se reflejó en el periódico Gramma de unos días después, que publicó en letras grandes en negro: “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”. En Cuba, gracias al Che Guevara, Araceli y su hermana Conchita pudieron ver a sus padres treinta años después de haber salido de Gijón.
Al regresar a Moscú de la misión en Cuba, Araceli vio una oportunidad laboral mejor en aprovechar la experiencia con el uso de los idiomas, de modo que dejó su carrera de ingeniera y se incorporó a la redacción de América latina de Radio Moscú para los pueblos de habla hispana. Era la radio estatal que se había establecido en 1929 y que emitía programas en numerosos idiomas, como vehículo de divulgación de los éxitos de la revolución soviética y de los logros del régimen (Winek 2009: 100), así como de noticias internacionales vistas desde el prisma de Moscú, escuchadas veladamente, igual que otras extranjeras para contrarrestar el monolitismo informativo de la dictadura de Franco. En Radio Moscú trabajó doce años –su voz daba vida a una tal Elena Ivanova, su pseudónimo (Bandera 2017)– y solo consiguió volver a España en 1981, después de recuperar la nacionalidad española una vez restablecidas las relaciones diplomáticas en 1977.
5. Monique Fong Wust (París 1926―Nueva York 2024): ojos que vieron un siglo
Hija de padre chino y madre francesa, Ka-Ling (Monique) Fong nació en París en 1926 y falleció hace unos meses en Nueva York. La necrológica publicada por la familia define la intersección manifiesta a lo largo de su vida: Her journey was quintessentially American, yet her heart and soul remained deeply rooted in France.[22] Es decir, una especie de desdoblamiento antropológico que hizo que residiera la mayor parte de su vida en Nueva York, al tiempo que su mente y sus sentimientos mantenían su apego a París. Quizá fue su manera de aplicar en la práctica su curiosidad y afición por el surrealismo desde una edad temprana. En una entrevista concedida a Erin Hagood (2022) dos años antes de su muerte, Monique sugería su rareza, no tanto por sus 95 años de edad, sino por ser una de las tres personas vivas que habían conocido a André Breton y a Octavio Paz. Lo cierto es que también trató a Marcel Duchamp, a quien tradujo, igual que tradujo, entre otros, a Octavio Paz y a John Cage, con quienes mantuvo relación personal durante años, como refiere ella misma en distintos textos (Fong 1987-88, 1998, 2014).
La entrevisté dos veces en Nueva York en 1997 y volví a visitarla en 2017 en su casa de Manhattan, e intercambiamos correos electrónicos después de esa última fecha. De esas fuentes procede el texto que sigue, en el que no aludo a otras de sus múltiples facetas, sino a su vida profesional como intérprete, a la que llegó de manera casual, como tantas otras personas a lo largo de la historia. Su infancia y juventud transcurrieron en París. Respecto a los idiomas, había estudiado inglés en el Liceo Molière durante el bachillerato. Después de empezar Derecho se matriculó en el Instituto del Altos Estudios de Cinematografía, donde comenzó a hacer trabajos interesantes, entre otros una actividad con un guionista de habla inglesa, Jan de Hartog, con el que seguiría trabajando después, quien en 1949 necesitaba urgentemente traducir al francés un guion y se le ocurrió la idea de dictarle el texto en inglés para que ella lo fuera poniendo en francés directamente. Sin darse cuenta entonces, aquel fue un ejercicio excelente para adquirir destrezas de traducción oral, que le serían muy útiles al poco tiempo. Era 1949 cuando empezó a relacionarse con André Breton y pronto también con Octavio Paz, que acababa de llegar a París y se reunía con literatos e intelectuales sobre todo de habla española los martes en un café de Montparnasse, que Monique empezó a frecuentar, igual que la casa de los Paz. Por eso empezó a estudiar español con el método de Assimil de su hermana y, con ayuda de esta, llegó a traducir un poema de Paz. En 1951 se produjo una cierta desbandada de aquellos encuentros y además se enteró, por una amiga de su madre, que se iban a necesitar intérpretes para misiones del Plan Marshall a Estados Unidos. Pasaron por el Ministerio de Finanzas su madre y ella para ver la convocatoria y allí le dijeron que se apuntara al concurso para intérpretes acompañantes de grupos de técnicos franceses que viajaban a EEUU durante varias semanas para visitar instalaciones. Contrataron a mucha gente, entre otras a ella, aunque pocas personas, Danica Seleskovitch era una excepción, tenían formación de intérpretes. Widlund-Fantini (2007: 65) señala que, en el marco del Plan Marshall, se organizaron más de quinientas misiones entre 1949 y 1956, en las que participaron más de cinco mil franceses de distintos ámbitos profesionales, acompañados por ciento treinta intérpretes. Monique fue a Estados Unidos en 1951 y, practicando en aquel entorno aprendió el oficio, sin prever que seguiría siendo intérprete. En aquellas visitas y reuniones se utilizaba un aparato que llamaban bidule, algo pesado, pero con el que podían moverse: desde él interpretaban por un micrófono para sus usuarios con auriculares. Pasó las pruebas de intérpretes del Departamento de Estado en Washington y, junto con otros 35 o 40, estuvo adscrita como intérprete a la Embajada de Francia. Widlund-Fantini (2007: 68) recuerda que, en plena caza de brujas del macartismo, Monique fue interrogada a fondo por el FBI por haber invitado a cenar a su casa a un colega de la representación soviética.
Después de casarse y quedarse embarazada, el matrimonio se vio obligado a volver a París, donde nació su primera hija, porque la embajada francesa le rescindió el contrato para no pagarle el permiso de maternidad. Se instalaron en casa de la madre de Monique, pero al no haber mucho trabajo para ella como intérprete ni para su marido, Klaus Wust, que también interpretaba con alemán, aunque su oficio era la historia, regresaron a Estados Unidos el mismo año de 1955, no sin algunas dificultades para Monique, porque, aunque tenían visado permanente, EEUU no permitía entrar a personas con más del 49% de sangre asiática. Por suerte, el cónsul de Alemania la incluyó en el cupo para alemanes, como consorte de alemán que era.
Desde entonces desarrolló su carrera como intérprete simultánea independiente trabajando durante muchos años para las Naciones Unidas y para otras instituciones, como el Departamento de Estado. Además, siguió traduciendo y escribiendo. El matrimonio vivió entre el apartamento de Nueva York y una granja en el norte del Valle de Shenandoah, en Virginia, donde falleció su marido en 2003. Ella falleció en marzo de 2024 en Nueva York.
6. Nora Weiss (Bogotá 1940―): tarta Sacher en Macondo
El lugar de nacimiento de Nora Weiss –y por tanto la intersección entre los dos continentes– tiene su origen según Stefan Zweig (2004: 5) en las “convulsiones volcánicas casi ininterrumpidas que han hecho temblar nuestra tierra europea”. Los padres de Weiss eran austríacos y judíos asimilados, en el sentido que propone Zweig, es decir, que “desde hacía tiempo eran más franceses, alemanes, ingleses o rusos que judíos” (Ibid.: 387). Strobl y Korbel (2022: 1-3) señalan que muchas personas, tipificadas como judías por las autoridades nazis, sobre todo desde las llamadas leyes de Núremberg de 1935, sintieron un enorme desconcierto identitario, sobre todo porque supuso su pérdida de la ciudadanía y la expulsión de facto de sus países. Cuando se produjo el Anschluss, Austria reunía a la tercera comunidad judía de Europa y formaba parte de la zona más desarrollada económica y culturalmente del continente. La salida en masa de aquel contingente en busca de un lugar seguro, supuso, según Strobel y Korbel, una colosal transferencia de conocimiento y de capital cultural, de la que se beneficiaron los lugares de destino, ya que el proceso de adaptación de los refugiados generó intercambios e interacciones bidireccionales.
Los padres de Nora optaron por Colombia por consejo de un conocido de su padre, que se había instalado allí y decía que trataban muy bien a los extranjeros. Así fue para sus progenitores, quienes se adaptaron muy bien y aprendieron español sin problema. El padre había hecho estudios administrativos y comerciales y estableció un negocio de máquinas para oficina y la madre había estudiado fisioterapia y primeros auxilios y abrió un gimnasio en el que daba clases. Aunque sus estudios no eran de un nivel elevado, ambos leían, iban al teatro, frecuentaban los conciertos y estaban concienciados políticamente. La hermana de su padre, que también había emigrado a Colombia, regresó a Austria cuando terminó la guerra, pero sus padres nunca quisieron volver. Nora solo ha visitado Austria unas cuantas veces como turista. Una de las transferencias culturales que aportaron al emigrar fue el idioma, ya que la lengua habitual en casa entre los padres y las dos hijas, ambas nacidas en Bogotá, era el alemán, que siempre siguió siendo una lengua propia de Nora –la recuerdo leyendo Der Spiegel de manera habitual– si bien las circunstancias de su vida profesional en las Naciones Unidas hicieron que el alemán solo lo utilizara como idioma de trabajo algunas veces al principio de su carrera de intérprete fuera de la ONU.
En Bogotá hizo la educación primaria y secundaria en el colegio internacional Helvetia, fundado en 1949 con patrocinio del gobierno suizo, donde se estudiaba en español, con clases diarias de francés. En el bachillerato se estudiaba literatura francesa e historia europea en francés y las demás asignaturas en español. Después del bachillerato fue a Georgetown, en Washington, para hacer un curso intensivo de inglés durante varios meses. Regresó a Colombia, donde estudió Filosofía y Letras y después, en 1962, empezó su formación en la escuela de traducción e interpretación de Ginebra, cuyo recorrido duraba cuatro años. Allí, además de las materias de idiomas, se hacían cursos de otras facultades, como economía, historia y derecho. Al final de los tres primeros cursos se obtenía el diploma en traducción y luego se podía seguir un año más para hacer interpretación. La escuela estaba muy ligada a la Oficina de las Naciones Unidas de Ginebra, ya que algunos de los profesores ejercían como intérpretes en aquella organización y, por lo tanto, utilizaban muchos materiales originales. Cuando Nora estudió interpretación se hacía mucho hincapié en la interpretación consecutiva, excesivo según ella, teniendo en cuenta el uso limitado de la misma en conferencias ya en aquellos tiempos. No se podía hacer simultánea sin haber pasado las pruebas de consecutiva.[23]
Su primera interpretación tuvo lugar en Ginebra en 1964, en el contexto de una reunión de la recién creada UNCTAD (ONU Comercio y Desarrollo), para la que un profesor llamó a tres estudiantes. Después siguió trabajando para aquella organización, pero volvió a la escuela para hacer el examen final. Pasó un tiempo trabajando en Ginebra, desde donde cubrían también reuniones de la FAO en Roma, y cuando regresaba de Ginebra a Bogotá en 1968 pasó por Nueva York, donde su madre estaba ingresada en un hospital, e hizo una prueba en la ONU, gracias a la cual empezó a trabajar como temporera en las asambleas generales desde 1970 hasta 1973. En Colombia interpretaba con varias compañeras colombianas y venezolanas, sobre todo en conferencias médicas, para lo cual se formaron con los manuales de medicina, aunque también hacían reuniones de la OEA y de la FAO en la región. Solo en aquel entorno utilizó a veces el alemán. Desde 1974 Nora sería intérprete de plantilla en la cabina española de la sede de la Naciones Unidas en Nueva York, desde donde fue a interpretar en muchos lugares del mundo. Cincuenta años después de su incorporación a la organización, Nora, jubilada en 2001, ha seguido trabajando como temporera en las Naciones Unidas y también como voluntaria para ONG de derechos humanos y para grupos de abogados que ayudan a inmigrantes de origen hispano en Nueva York. Las intersecciones de Nora se plasmaron en una lengua que nunca perdió desde la infancia, en su época de formación y de principiante en Suiza, y particularmente entre los dos subcontinentes americanos, el de su residencia habitual en Manhattan y el de sus visitas periódicas a Colombia.
7. Marta Herrera (1943―): la mirada como expresión del acto interpretado
Su abuela materna emigró entre 1910 y 1912 con sus hijas, que eran niñas (dos tías suyas y la madre de Marta, que había nacido en 1902), desde Los Llanos de Aridane (La Palma, Islas Canarias) para trabajar en la recogida de hoja de tabaco en la zona tabacalera de Guane, en la jurisdicción de Pinar del Río, Departamento Occidental de la isla de Cuba. Entre los factores de expulsión de población canaria se cuenta la crisis de la producción de cochinilla en las islas y la proletarización campesina, y entre los de atracción el hecho de que hubiera colonias de canarios en Cuba desde la liberación de los esclavos, unos años antes de la independencia. La demanda de mano de obra se hizo notar por el desarrollo de los sectores azucarero y tabaquero. Para aquellas fechas el coste de los pasajes entre Canarias y Cuba había bajado mucho y, además, a menudo los que contrataban a los trabajadores les adelantaban una parte del coste del pasaje, de modo que el desembolso era más asequible incluso para gente con pocos medios.
Marta no sabe cómo llegó su madre a La Habana desde Pinar del Río ni cómo conoció al que sería su padre, un empleado cubano de alto nivel en la American Steel Corporation, la principal fábrica de acero de Cuba. Una hermana de Marta era secretaria del vicepresidente de la sucursal del National Bank of Boston de La Habana y su cuñado trabajaba en la Anderson Trading Company. Por tanto, en su casa el inglés no era del todo desconocido. Marta tenía cuatro años cuando falleció su padre, y fue su padrino –un español de Vigo, que fue a trabajar a Cuba a una bodega, estudió Medicina y llegó a ser un radiólogo de prestigio– quien se hizo cargo de sus estudios. Primero la enviaron a la guardería de la St. George’s School y luego siguió la enseñanza primaria y secundaria en la American Dominican Academy, ubicadas las dos en el barrio de El Vedado. Desde primaria a sexto grado estudiaban por la mañana en español y por la tarde en inglés; en la Junior y la Senior High School solo en inglés. Se graduó con un buen inglés, pero reforzó en una academia su ortografía en español, así como la historia y la geografía de Cuba. Además, asistió a cursos de francés en la Alliance Française de La Habana. Al producirse la revolución en 1959 y con ella la caída del régimen de Batista, la familia de Marta emigró a los EEUU. Solo ella se quedó “haciendo la revolución”.
Gracias a su formación, sobre todo en idiomas, la contrataron como secretaria en la empresa exportadora de azúcar del Ministerio de Comercio Exterior, donde llegó a secretaria ejecutiva del viceministro de relaciones con los países capitalistas, encargándose de traducir correspondencia al inglés y a veces actuando también como intérprete en visitas de la Organización Internacional del Azúcar a La Habana. Después de un año como asistente del presidente del Banco Nacional de Cuba, pasó al Grupo de información del Consejo de ministros encargado del análisis de la situación extranjera, donde se ocupaba de traducciones del inglés, francés y portugués. En 1978 se celebró en La Habana el IX Festival internacional de estudiantes y fue seleccionada en las pruebas de aptitud coordinadas por Esther Tato Borja y Carlos López Cruz para trabajar como intérprete, una tarea que siguió realizando de manera continuada en reuniones y conferencias en Cuba y en muchos otros países, en particular los del Movimiento de los Países No Alineados. El traslado a Nueva York en 1994 como intérprete de en la sede de la ONU significó para ella dos tipos de adaptación: la profesional, a los tipos de reuniones, y la personal, un retorno, mutatis mutandis, a su infancia y juventud, asociadas a su formación en instituciones estadounidenses, es decir, una nueva intersección entre tiempos y espacios. Se jubiló en 2005.

Figura 2: De izquierda a derecha: el presidente Fidel Castro; Isidoro Malmierca (ministro de Exteriores), Giraldo Mazola, Oscar Oramas, Lázaro Mora, José Pérez Novoa, todos ellos altos funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba; Salim Ahmed Salim, exPresidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1979-80) y Marta Herrera, la intérprete (ca. 1981) Colección privada de Marta Herrera.
La fotografía en color de Marta rodeada de varones simboliza la paradoja de su condición de subalterna, ¡al lado nada menos que de Fidel Castro!, al tiempo que todos los presentes, autoridades cubanas y dignatario visitante, dependen de su interpretación consecutiva para comunicarse. Aun siendo la menos poderosa de todo el grupo fotografiado, la imagen plasma el reconocimiento de la jurisdicción de la profesión de intérprete. Las dos raspaduras que presenta la foto por el desgaste del tiempo añaden valor a esa copia de un negativo desconocido, que la propietaria ha conservado durante más de cuarenta años en un álbum familiar, que adquiere la condición de fuente histórica para el investigador. La imagen fija, que congela el instante en el que activó el objetivo el fotógrafo, presumiblemente un miembro de la delegación cubana, se convierte en relato desde el momento en que entendemos lo que representa, gracias a la elucidación que proporciona la persona objeto de este estudio. Ella es doblemente intérprete: medió para que se entendieran sus principales y también ha mediado para que el historiador pueda entender qué sucedió en la reunión, mediante un análisis interpretativo que sigue unos pasos en los que se combinan la memoria con la fotografía (Kuhn 2007: 283, 285).
La imagen estática se convierte en móvil cuando imaginamos el antes y el después de una conversación, visible en los labios de la intérprete comunicando y en la mirada de los destinatarios cubanos concentrada en ella, en escucha atenta. El antes sería la creación del Movimiento de los Países No Alineados, surgido en el contexto de la Guerra Fría que afloró sin que hubiera terminado la II Guerra Mundial, gracias a acontecimientos como la Conferencia de Bandung (1955). El presente de la instantánea se ciñe a una reunión del diplomático tanzano Salim Ahmed Salim, que acude a Cuba en su campaña por la Secretaría General de las Naciones Unidas. El futuro, imprevisible para los representados en la fotografía, sería que quien obtuvo aquel cargo fue Kurt Waldheim, aun cuando Cuba apoyaría a Salim tras aquel encuentro.
8. Paula Faraone (Montevideo 1966―): notas escritas sin partitura
Nació en marzo de 1966 en Montevideo y fue a vivir a Francia en mayo de 1974, es decir con ocho años. Había hecho hasta tercero en la escuela de Montevideo. “De hecho, me acuerdo que estaba en la escuela el día que llegó mi padre a decirme que nos íbamos a París, Francia. Yo no sabía cuál era la capital y cuál el país, para mí todo era lo mismo”. Estudió un poco de francés en la Alliance y cuando llegaron a París ella y su hermana fueron a una escuela que estaba experimentando lo que llamaban clase de iniciación, para que los niños extranjeros recién llegados se aclimataran durante unos meses. Eso fue en mayo, y en septiembre Paula empezó el curso en una clase normal con los demás niños. Un factor esencial para su adaptación fue que le gustaba mucho leer y sacaba muchos libros de la biblioteca escolar. Por tanto, se amoldó fácilmente a la nueva cultura, gracias a las clases y a los libros. Sus padres establecieron la norma de que en casa las dos hermanas hablarían solo español y les llamaban la atención cuando las oían hablando en francés al llegar de la escuela. Esa fue la clave de que Paula mantuviera un dominio del español de nativa.
La familia se adaptó bien a París, manteniendo contactos estrechos con otros exiliados. El padre de Paula, especialista en teoría de la comunicación, encontró trabajo traduciendo despachos de la Agencia France Presse al español para el mundo hispanohablante. Pensaba que el régimen dictatorial no duraría mucho y que volverían al cabo de un año más o menos, pero tardaron trece años en poder regresar (1987).
Con la amnistía hubo ayuda para los repatriados, de modo que en la mudanza fueron para Montevideo todas las cosas de Paula, pensando ella en volver a París a acabar el año que le faltaba para terminar la licenciatura en lenguas aplicadas, que estaba cursando con inglés y ruso, que había empezado a estudiar en su liceo. La madre de Paula era uruguaya de origen ruso, pero ni hablaba el idioma ni influyó para que su hija lo estudiara. Su estímulo vino sobre todo de su propio interés por aquella lengua. El ruso lo enseñaba en el liceo una profesora franco-rusa, crítica con la URSS, pero no demasiado cerrada a aquel régimen, hasta el punto de organizar en 1983 un viaje a aquel país con los alumnos de ruso, lo que animó a Paula a seguir estudiando la lengua. La Asociación de profesores de ruso de Francia organizaba entonces un concurso anual para una beca de un mes en la Unión Soviética y su profesora la alentó a que se presentara. Pasó todas las eliminatorias y el premio fue pasar un mes visitando Moscú, Leningrado, etc. Sin embargo, la influencia decisiva para que Paula siguiera estudiando ruso fue quizá la de Yenia Dumnova, con la que se había casado al poco de llegar a Moscú un amigo íntimo de la familia Faraone, el uruguayo Mario Jaunarena. Este era taquígrafo parlamentario en Montevideo y Emilio Frugoni se lo llevó como secretario cuando se incorporó como embajador de Uruguay ante la URSS en 1944. Los Jaunarena, después de otros destinos en distintos países acabarían en Ferney Voltaire, junto a Ginebra, donde él trabajó como traductor. Las dos familias mantuvieron contacto estrecho hasta la muerte de Mario y Yenia en 2000.
Paula volvió a Montevideo con los padres en 1987, pero al llegar se convocaron tres becas para ir a Moscú. A pesar de no ser del Partido, sabían ya en el Instituto Pushkin que ella era una candidata idónea y obtuvo la beca. En Moscú pasó el curso 1987-1988 y conoció a un angoleño también becado, con el que se casaría un tiempo después. Terminaría la licenciatura en lenguas aplicadas en París el curso 1988-1989, con inglés y ruso como idiomas extranjeros. Una traductora uruguaya, Inés Caravia, le recomendó entonces que se hiciera intérprete porque era una profesión bien remunerada y le sugirió el curso de la Polytechnic de Londres. Una semana antes de presentarse al examen en Londres solicitó su ingreso en la ESIT en París, pero la descartaron por “francés insuficiente” ya que, según el jurado, el bilingüismo suponía el inconveniente de no tener bien definida la lengua materna. En la Polytechnic la aceptaron, pero no se ofertaba ruso aquel año, aunque preveían tener alumnos para el curso siguiente. Los padres de Paula estaban ya en Montevideo y ella no estaba emancipada, mientras que su novio estaba en Angola, así que el año de espera lo pasó en Luanda, donde aprendió también portugués. En octubre de 1990 entró en la Polytechnic, de la que se graduó en mayo de 1991.
En agosto de 1991, recién graduada de la escuela de Londres le dieron su primer contrato de intérprete. Normalmente habrían preferido a algún intérprete veterano de AIIC, pero un 19 de agosto no había ninguno disponible en París. El encargo era nada menos que interpretar para la televisión las palabras de Gorbachov el día en que se produjo el fallido golpe de Estado que provocaría la descomposición de la URSS. La experiencia no le resultó difícil porque, además de que la intervención fue corta, tuvo oportunidad de rebobinar el discurso grabado y tomar notas, es decir, fue una falsa simultánea. Poco después pasó la prueba del SCIC y estuvo un año de temporera con aquel servicio, pero al presentarse al examen intermedio la descartaron. Entonces se convocó la oposición de las Naciones Unidas para la cabina francesa, la aprobó y un año después la contrataron en Nueva York (1994). Los primeros años a menudo la asignaban también a la cabina española, prueba del bilingüismo que habían cuestionado en la ESIT. La baza más valiosa de su combinación lingüística en la ONU era el ruso, del que solo las cabinas inglesa y francesa servían de pívot. Se trasladó a la Oficina de la ONU en Ginebra en 2000. Allí sigue interpretando mientras escribo.
9. Conclusiones
El contenido de este trabajo, centrado en el análisis somero de unas nanobiografías o historias mínimas, viene delimitado en el título: la historia de la interpretación, ejemplificada aquí en ocho mujeres intérpretes que, por diversas razones, pueden situarse a caballo de los dos continentes, Europa y América, aunque hayan vivido y actuado también en otros. Ese encabalgamiento entre países y continentes y ese solapamiento de identidades no es extraño entre los y las intérpretes, de modo que hubieran tenido cabida algunas más.
El aprendizaje de los idiomas y la manera en que las lenguas y culturas se van ensamblando en las topografías personales de cada una sucedieron de manera diferente, pero todas superaron las dificultades, es decir, se adaptaron, y todas contribuyeron al reconocimiento de la interpretación, profesional o no, como vehículo imprescindible para que pudieran comunicarse entre sí interlocutores simétricos o asimétricos en entornos muy variados.
Las intérpretes no aparecen en la investigación histórica por arte de magia o prestidigitación, sino que su identificación es fruto de la curiosidad y la constancia de quien las busca. Se puede descubrir su presencia y, por tanto, se les puede dar voz a partir de fuentes muy diferentes, con enfoques y métodos distintos y con presentaciones de diversos formatos, como espero que haya puesto de manifiesto esta contribución.
La historia no aspira a predecir el futuro. Si acaso, permite aportar algunas bases para formular hipótesis más o menos lúcidas sobre los desafíos que nos esperan. Las ocho intérpretes reseñadas pasaron por movimientos tectónicos como la construcción de una nación, el nacimiento y expansión del nazismo y sus consecuencias, la experiencia de la guerra civil española y de la inmediata guerra mundial, revoluciones políticas y técnicas o migraciones más o menos traumáticas. Todas ellas demostraron o demuestran su capacidad de adaptarse al cambio histórico y, con su ejemplo, invitan a quienes decidan seguir con la profesión de intérprete en el futuro, incierto hoy como lo fue en el pasado, a adaptarse igualmente a lo que esté por venir.
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Widlund-Fantini, Anne-Marie (2007) Danica Seleskovitch. Interprète et témoin du XXe siècle, Lausana: L’Âge d’Homme.
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Zweig, Stefan (2004) El mundo de ayer. Memorias de un europeo, traducido por Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek, Barcelona: El Acantilado.
Notas
[1] Tangencialmente podría considerarse también el feminismo interseccional, según lo definen las Naciones Unidas: https://www.unwomen.org/en/news/stories/2020/6/explainer-intersectional-feminism-what-it-means-and-why-it-matters
[2] La historia oral se apoya en la recogida, a partir de entrevistas estructuradas, de testimonios directos subjetivos, que, debidamente tratados, constituyen fuentes historiográficas fiables en la composición de una narración histórica.
[3] El documento en el que se promueve la instalación de la placa en el lugar concreto indica que el coste del monumento corre a cargo de la familia Bagnato, aunque su mantenimiento dependerá de las autoridades pertinentes de la Ciudad de Toronto https://www.toronto.ca/legdocs/2003/agendas/council/cc030624/to6rpt/cl052.pdf
[4] Para una historia detallada e ilustrada del personaje, ver Teresa Russo 2021.
[5] El monumento fue financiado por la familia Bagnato en reconocimiento a su antecesora, en su calidad de intérprete, aunque patrocinado y mantenido por la ciudad de Toronto. No es ni mucho menos el único: desde sellos postales conmemorativos hasta estatuas los hay dedicados a intérpretes como Malinche, Sacajawea, Winnemuca, Pocahontas, Gonzalo de Vigo, etc.
[6] Kajsa Rothman fue la primera persona sueca en presentarse voluntaria al servicio de la República.
[7] “Women in conflict situations: the case of Kajsa Rothman, a Swedish polyglot in defense of the Loyalist government during the Spanish Civil War (1936-1939)” aparecerá en Lucía Ruiz Rosendo y Marija Todorova (eds.) The Routledge Handbook of Translation and Interpreting in Violent Conflict. Estos son los archivos consultados: Archivos y Biblioteca del Movimiento Obrero sueco (Estocolmo); Archivo General Militar de Ávila; Archivo Municipal de Tequisquiapan, Querétaro (México); Centro Documental de la Memoria Histórica, Salamanca; Archivos del Instituto Internacional de Historia Social, Ámsterdam; Archivo Estatal Ruso de Historia Socio-Política, Moscú (RGASPI); y Archivo de la Universidad de Uppsala.
[8] Según Hansson (2020), inglés, francés, alemán, español, italiano, rumano, armenio y árabe. Para más información remito a la biografía de Hansson sobre Rothman: www.skbl.se/sv/artikel/KajsaRothman
[9] Así dice Mangan (2020: 226) que se refería Rothman a sí misma cuando hablaba por teléfono en la guerra.
[10] RGASPI Expediente Kajsa Rothman 545, 6, 1511.
[11] Su jefa en la Oficina de prensa de la República en Valencia, Constancia de la Mora, la defendió de las acusaciones (RGASPI file 545, 6, 1511: 43-44). Curiosamente las dos se exiliarían a México. Constancia fallecería en un accidente de automóvil visitando Guatemala en 1950, no lejos de donde Kajsa acompañaba turistas.
[12] Cédula de exilio español, Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General para Europa, enero 1939/noviembre 1939, Listas de refugiados https://memoricamexico.gob.mx/swb/memorica/Cedula?oId=NHMbr28BKx7cnKFK-vlk, p. 302 (recto y verso).
[13] Ver la nota previa.
[14] En el Diario de la Marina: periódico oficial del apostadero de La Habana: año CVII No 256, 26 de octubre de 1939: 17, aparece citada como “reportera” a bordo del Trafalgar, un buque de cargo noruego procedente de Florida atracado en el puerto de La Habana en tránsito a Veracruz.
[15] Como sueca figura en su certificado de defunción (Archivo de Tequisquiapan), aunque se había casado con un mexicano para mantener la residencia.
[16] Smith y Watson (2024: 193-318) distinguen sesenta tipos de relatos de vida incluso antes de la proliferación en el siglo XXI de las plataformas y sitios en línea con relatos personales.
[17] “He pasado inviernos en Rusia de hasta menos 50 grados. Viví seis años en Cuba y tengo tres patrias” (Elena G. Bandera 2017) https://www.lavozdeasturias.es/noticia/asturias/2017/09/02/memorias-nina-guerra/00031504381131996387374.htm
[18] La entrevista está disponible en: https://www.aieti.eu/wp-content/uploads/AIETI_1_JBJ_Guerras.pdf
[19] Águeda, la mayor, iba en calidad de educadora, y más tarde fue obrera. De las otras tres, Angelines fue economista, Araceli, ingeniera económica de comunicaciones en el ferrocarril periférico de Moscú, y Conchita, ingeniera de la construcción. Las dos últimas también trabajaron en Cuba. (Marco Igual 2021: 313)
[20] Fernández (2011: 42) describe el choque cultural por la dieta, porque a los niños les gustaban mucho las lentejas, que los rusos usaban de pienso para los animales y no podían entender que las prefirieran al caviar.
[21] Anna K. (Obrucheva) Starinov (246-253) colega intérprete de Adelina Abramson en la guerra cuenta cómo, a su regreso de España, la hicieron administradora de las casas de niños a finales de 1937 al solicitar una vacante de intérprete en una de ellas.
[23] Quizá haya que ver ahí la herencia de la época en la que Antoine Velleman fundó la escuela en 1941 (Baigorri Jalón 1998), cuando se formaba exclusivamente en consecutiva. Solo después del proceso de Núremberg se introdujo en aquella escuela la formación en simultánea.
©inTRAlinea & Jesús Baigorri Jalón (2025).
"Notas para una historia de las intérpretes: intersecciones entre Europa y América"
inTRAlinea Special Issue: Intérpretes: historiografía, contextos y perspectivas de una práctica profesional
Edited by: Críspulo Travieso-Rodríguez & Elena Palacio Alonso
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