Special Issue: Palabras con aroma a mujer. Scritti in onore di Alessandra Melloni

El cortesano y su traductor.

Castiglione en el castellano de Boscán

By Maria Rodrigo (University of Bologna, Italy)

Abstract & Keywords

English:

Los cuatro Libros del Cortesano, compuestos en italiano por el Conde Baltasar Castellón, y agora nuevamente traducidos en lengua castellana por Boscán is the detailed title of this work published in Barcelona in 1534; six years earlier, from his residence in Madrid, Castiglione had ordered that the book be printed by the renowned Andrea d’Asolo from Venice. Boscán’s translation, just like the original text in Italy, immediately became a manifesto on aesthetics for Hispanic writers, thanks to its effective, non-artificial style and its educated use of the vernacular. Such reception by the readers responds to the aims of the work declared by Boscán himself, on the correct use of the art of translation, that is, the promotion of the dynamic and mediating role of the translation process. The metatext resulting from the work of the Catalan poet, still considered as a canon today, naturally plays a complex heterovalent function, as it adjusts Castilian prose to Castiglione’s prose, thus making the text be perceived as necessary for the development and perfection of the target culture.

Currently, El cortesano reinterpreted by Boscán raises interest for the gaps it highlights around a line of research which is becoming increasingly popular among Translation Scholars, and whose disciplinary core can be summed up by the concept of “historical translation”, a field of specialization on which in-depth research has been not carried out so far, and which includes both historiographical elements and the formalization of a series of methodological strategies to translate historical texts.

Spanish:

En 1534 ven la luz en Barcelona Los cuatro Libros del Cortesano, compuestos en italiano por el Conde Baltasar Castellón, y agora nuevamente traducidos en lengua castellana por Boscán, detallado título de la obra que seis años atrás, desde su residencia de Madrid, Castiglione había encargando imprimir en casa del prestigioso Andrea d’Asolo de Venecia. La traducción de Boscán, al igual que el original en Italia, se erige enseguida en un auténtico manifiesto estético entre los escritores hispanos, gracias a su eficaz propuesta de un estilo no artificioso en el uso culto de la lengua vernácula. Recepción que responde de lleno a la finalidad declarada por Boscán respecto al correcto ejercicio del arte de traducir, esto es, la promoción del rol dinámico y mediador de la actividad traslaticia. El metatexto resultante del quehacer del poeta catalán, considerado aún hoy canónico, cumple con naturalidad una compleja función heterovalente, pues amolda la prosa castellana a la de Castiglione, consiguiendo al unísono que el texto traducido se perciba como necesario para el desarrollo y el perfeccionamiento de la cultura que lo acoge.

En la actualidad, El cortesano reinterpretado por Boscán, suscita interés por las incógnitas que plantea en torno a una línea de investigación que resuena con insistencia en los últimos estudios de traductología, cuyo núcleo disciplinar se sintetiza en el concepto de traducción histórica, sintagma que alude a un campo de especialidad hasta el momento poco ahondado teóricamente, y que abarca tanto los aspectos historiográficos sobre el tema, como la formalización de un conjunto de estrategias metodológicas idóneas para abordar en la práctica la traducción de textos procedentes del pasado.

Keywords: Castiglione, Boscán, translation, mediation, adaptation, canon, traducción, mediación, adaptación

©inTRAlinea & Maria Rodrigo (2013).
"El cortesano y su traductor."
inTRAlinea Special Issue: Palabras con aroma a mujer. Scritti in onore di Alessandra Melloni
Edited by: Maria Isabel Fernández García & Mariachiara Russo
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1. Introducción

En los albores del siglo XVI convergen tres circunstancias que alterarán definitivamente las características y las finalidades que habían sido propias de la actividad de traducción a lo largo de la Edad Media. En primer lugar, concurre la necesidad en los emergentes estados europeos de dotarse de una lengua nacional, apta para vehicular la comunicación entre los diferentes estamentos sociales que los componen. En segundo lugar, los intelectuales más críticos respecto a la ortodoxia escolástica van a proceder a la defensa y a la dignificación de las lenguas romances, y van a promover la difusión de tratados gramaticales y de diccionarios para su descripción interna. A estos dos factores inherentes al cambio de paradigma sociolingüístico, hay que añadir la innovación técnica que cambiará cuantitativa y cualitativamente el modo de comunicación, pues la implantación de la imprenta transformará el libro en un objeto cultural que se comercializará dentro y fuera de los confines geográficos de la lengua original. El consiguiente fervor por la actividad traslaticia de este siglo se concretizará en la publicación de un breve tratado escrito por el humanista Etienne Dolet, La manière de bien traduire d’une langue en autre (1540), en el que se trazan reglas precisas a las que ha de atenerse el moderno traductor,[1] con el objetivo de superar el eje divisorio medieval que distinguía entre la traducción vertical, es decir, de las lenguas clásicas, griego o latín, hacia las lenguas romances, y la traducción horizontal realizada de una lengua romance a otra (Folena 1991: 13).

Hasta el momento de la eclosión al unísono de los tres factores apenas citados, nacionalismo, normativización e imprenta, había prevalecido particularmente desde los inicios del movimiento humanista la traducción vertical, la volgarizzazione, actividad cuya dignidad textual, no obstante, se puso siempre en entredicho. En 1534, el mismo año que se publican Los cuatro Libros del Cortesano, compuestos en italiano por el Conde Baltasar Castellón, y agora nuevamente traducidos en lengua castellana por Boscán, Martín Lutero daba por concluida su famosa traducción de la Biblia al alemán (1522-34), labor que había teorizado en una conocida epístola sobre el arte de traducir (Sendbrief vom Dolmetschen, 1530), donde recalca la idea de modernización de un texto por medio de la traducción, coligiéndose que para Lutero tal actividad ha dejado de ser el hilo conductor hacia el glorioso pasado añorado e imitado por los humanistas, por el contrario, desde su mentalidad reformista el producto de la traslación lingüística pretende anclarse con firmeza en el presente.

La desconfianza intelectual hacia la traducción, en la que no son secundarios motivos de carácter religioso, durará todavía mucho tiempo, como recuerda Satorre Grau (2001: 875) cuando evidencia la doble consideración social del trabajo del traductor aún durante los siglos de Oro, ya que se continuaba valorando positivamente cuando se ejercitaba desde una lengua antigua, mientras que cuando se hallaban implicadas dos lenguas romances la actitud era de indiferencia o de menosprecio, lo que se puede comprobar en el Quijote, donde Cervantes compara la traducción con la borrosa imagen del revés de un tapiz (II, 62). En algún caso, como sucede en la carta al lector de los Diálogos apazibles (1626) de Lorenzo Franciosini, redactados para la enseñanza del español a extranjeros, incluso se llega a equiparar la traducción al proceso de corrupción de la lengua.[2]

En la actualidad similares incógnitas ontológicas, si bien hayan acompañado la reflexión sobre el quehacer de traducción en todas las épocas, han ido coagulando en planteamientos más específicos, entre ellos el más pertinente en esta ocasión concierne al concepto de traducción histórica, sintagma que alude a un campo de especialidad, hasta el momento poco desarrollado teóricamente. Dicha denominación se refiere, asimismo, a la historia de la traducción en cuanto área de investigación, así como también al conjunto de métodos idóneos para abordar la traducción de textos procedentes del pasado (Luxán Hernández 2012).

La traducción de Il cortegiano, en efecto, se ha venido estudiando con preferencia como evento de la historia de la literatura que, por ende, se verificó en un contexto clave desde la perspectiva de la evolución de las interrelaciones sociales entre Italia y España. Al discurso literario de Baldassare Castiglione, siempre voluntariamente marcado por la historicidad, se superpondrán la recepción e interpretación inmediatas de dos lectores excepcionales, Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, coetáneos de la obra que optarán por la adaptación a la cultura española del texto original a todos los niveles: lingüístico, cultural, literario y social, con una finalidad bien precisa, esto es, la de ampliar la perspectiva de la literatura española, entendiéndola no como un aislado acto creativo, sino como un proceso artístico que acontece en el devenir de la historia. Sin embargo, el enfoque traductológico de Boscán y Garcilaso en cierta medida estaba engastado todavía en la concepción clásica, según la cual la traslación de un texto de una lengua a otra se interpretaba como un ejercicio de estilística comparada, necesario para el perfeccionamiento del poeta, ya que la vía privilegiada para alcanzar lo sublime en la cultura latina se identificaba con la imitación o la emulación (Bassnett-McGuire 1993: 68).

Cuando ve la luz la traducción española solamente habían pasado seis años desde la publicación de Il cortegiano, prototexto que había sido concebido como manifiesto para la promoción de un nuevo modelo de tipología humana, a pesar de su aparente levedad dialógica formal. Castiglione, en una carta a Alfonso de Valdés de 1528, afirmaba que conocía la manera de escribir diálogos, puntualizando que era consciente de que la costumbre de los platónicos era siempre contradecir. Para él, por lo tanto, la dialéctica estructura del diálogo responde mejor a la aspiración de redactar un tratado de incisiva crítica de las ideas y costumbres de su tiempo (Zorzi 2001). La ficción del diálogo acaece en la corte de Urbino, a partir del 8 de marzo de 1507 y durante cuatro noches consecutivas correspondientes cada una de ellas a los cuatro libros que componen la obra.

La propuesta crítica del original será, asimismo, el skopos preponderante en la traducción castellana, objetivo que una vez alcanzado acarreará la anulación para la cultura receptora del anclaje del texto italiano en el pasado, actualizándolo completamente. Esta nítida intención de la versión española, la transposición a la corte imperial de un código de comportamiento refinado para la nobleza castellana más acorde con el compás de los tiempos, confiere a la obra un papel decisivo en la sociedad de acogida. El texto traducido pretende alumbrar en ella la creación de un status sociocultural aún no existente, pero que es posible construir con los elementos aportados por la traducción. El traductor, en consecuencia, asume un rol dinámico, de mediador entre vanguardias; en cierto sentido con la traducción de Il cortegiano al español se completa la figura ideal del traductor humanístico, en cuanto transmisor e intérprete indiscutible de un bagaje sapiencial del que no se puede prescindir. Con una diferencia esencial, sin embargo, ya que ahora la fuente discursiva mana de la contemporaneidad, en el idioma vulgar toscanizado de Castiglione, y no de las lenguas clásicas. A partir de ello el traductor no se podrá limitar a bucear en las profundidades clásicas para restituir la civilización helénica o romana, sino que se verá obligado a asimilar nuevas corrientes de pensamiento y a enfrentarse a textos interpretativamente inestables.

De todos modos, siguiendo la pauta esencial marcada por los traductores humanísticos, Boscán se comporta como traductor documental e instrumental, puesto que logra que el metatexto resultante cumpla con naturalidad una función heterovalente, ya que por un lado amolda la prosa castellana a la prosa de Castiglione, y a la vez hace que el texto traducido se perciba como concebido en y para la cultura receptora. Boscán levanta el acta documental cuando se esfuerza por emular sin imitar la lengua y el estilo de Castiglione, y consigue que sus lectores se sorprendan de no tener conciencia de estar leyendo un texto traducido. Este fenómeno se explica, en parte, porque no existe un auténtico salto cronológico entre el estadio lingüístico en el que surgen el original y la traducción, puesto que ambos idiomas durante estos primeros decenios del siglo XVI comparten un objetivo común: los dos se afanan en la urgente búsqueda de un nuevo modelo de escritura áulica, equidistante por un lado de la prosa vulgar autorreferencial, como por ejemplo había sido en Castilla la del taller alfonsí, o la que había propuesto Leon Battista Alberti para el toscano en la primera mitad del Quattrocento (Rodrigo 2012: 68-79), y, por otro lado, los dos vernáculos aspiran, asimismo, a obtener un modelo alejado de la prosa latinizante de Boccaccio o de las traducciones del latín.

La traducción de Boscán, dentro de la perspectiva traductológica actual, se puede calificar de instrumental desde el momento que pretende que el lector acepte como propio el texto traducido, por haber conseguido el traductor asimilar estilística y temáticamente con éxito el original a la cultura receptora. Dado que la acogida de una traducción depende en buena medida de la consideración de la obra donde ha sido creada, la orientación textual está subordinada a la autoridad y a la difusión que posean la lengua y la cultura de proveniencia del texto traducido, y El cortesano, en este caso, cumple a la perfección la función de importador de un fenómeno lingüístico y artístico novedoso (Torop 2010: 42-52).

2. Las vicisitudes de Il cortegiano

«Eum Carolus V Imperator episcopus Abulae creari mandasset» reza el epitafio escrito por Pietro Bembo a la muerte de Baldassare Castiglione acaecida el 8 de febrero de 1529 en Toledo (Pozzi 2003: 19), palabras que enmarcan para la posteridad la figura del nuncio en la topografía abulense, sin conceder demasiada importancia al detalle que en realidad el recién fallecido para aceptar el obispado de Ávila, que le había ofrecido Carlos V en reconocimiento de su labor diplomática en España, había puesto como condición una reconciliación entre el papado y el imperio que no se verificó. En la corte castellana Castiglione no había sido acogido precisamente con los brazos abiertos, bien al contrario, había habido fuertes resistencias procedentes de los círculos erasmistas, a los que pertenecía Alfonso de Valdés, con quien se había enfrentado tras la publicación del Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, que contenía explícitas críticas al poder pontificio y que había sido redactado tras el saqueo que había sufrido la ciudad en 1527 a manos de los lansquenetes de Carlos V. A pesar de este incidente, es difícil individualizar en qué medida influyeron las pésimas relaciones entre Castiglione y Alfonso de Valdés en la declaración de su hermano Juan en el Diálogo de la lengua, cuando asegura que no ha leído la traducción de Boscán:

Marcio.— Pues he oído dezir que el del Pelegrino y el del Cortesano están muy bien romançados.

Valdés.— No los he leído. Y creedme que tengo por mayor dificultad dar buen lustre a una obra traduzida de otra qualquier lengua que sea en la castellana, que en otra lengua ninguna (DL 2008: 203).

No existe inconveniente para aceptar que no le era necesario recurrir a la traducción, ya que estando en Italia habría tenido la oportunidad de leer el original, puesto que de todos modos el diálogo de Castiglione es un precedente estilístico a tener en cuenta para el escritor conquense (Barbolani 2003: 57), y para el conjunto del pensamiento lingüístico español de ese siglo. Se reciben influencias del metatexto de Juan Boscán en especial por lo que respecta a la noción de selección lingüística para la creación artística, lo que en el fondo no deja de ser una extensión de la propuesta lanzada por Castiglione para auspiciar un uso refinado del romance tanto en la escritura como en la oralidad.

La intención principal del autor no fue la de insertar Il cortegiano en la espinosa y fructífera questione della lingua, y, sin embargo, forma parte de ella entre otras razones porque el primero de los cuatro libros del diálogo está dedicado a ese tema (Marazzini 1999: 50). Hay que precisar que su finalidad prioritaria en principio era sólo delinear el perfecto cortesano, apto para erigirse en prototipo transversal admitido en los diferentes círculos intelectuales diseminados por Italia, donde no faltaba la presencia de numerosos nobles franceses y españoles, los mismos que habían transformado la península en tierra de conquista y campo de batalla, aprovechando la honda crisis política de las pequeñas repúblicas italianas. Para Burke (1998: 50-51) Castiglione forma parte, junto a Maquiavelo, Ariosto y Guiccardini, de la que denomina generación de 1494, año en el que los franceses invadieron Italia. Il cortegiano sería la plasmación artística del intento de volver a definir la identidad de la nobleza autóctona, en una época que reclamaba un serio replanteamiento de los roles tradicionales, una adaptación de los ya bien asentados principios humanistas al mundo de la corte y viceversa.

En el año en el que el joven Juan de Valdés se establecía en Alcalá, o sea en 1528, Baldassare Castiglione, que desde hacía tres años residía en Madrid ejerciendo su labor diplomática por cuenta del papa, publicaba en Italia Il Libro del Cortegiano, encargando que se imprimiera en casa de Andrea d’Asolo sucesor del prestigioso editor Aldo Manuzio de Venecia. Sin embargo desde 1518, cuando había dado por terminado en Mantua el primer borrador, circulaban copias generalmente inexactas. En una carta dirigida a su madre Castiglione pide que le envíen a España setenta ejemplares del libro para distribuirlos entre sus conocidos, prueba elocuente del dominio de la lengua italiana entre la nobleza que circundaba al multilingüe Carlos V.[3] La numerosa presencia de ejemplares italianos en las bibliotecas europeas demuestra que tuvo una fuerte difusión también en lengua original allende sus fronteras naturales.     

La obra, que había ocupado a su autor un decenio de sucesivas revisiones, obtuvo un éxito inmediato en toda Europa. Tras la traducción de Boscán al español en 1534, aparecerá tres años después la francesa, en 1561 se traducirá al inglés y en 1566 y 1593 al alemán, traduciéndose también varias veces al latín a partir de 1569. En poco menos de un siglo se harán unas 110 ediciones, de ellas 60 en italiano, sin contar las posibles ediciones piratas, en castellano se imprimirá en 14 ocasiones, seis de ellas verán la luz en Amberes, y, debido a la descentralización de la industria editorial española, ocho saldrán repartidas entre Barcelona, Medina del Campo, Salamanca, Sevilla y Toledo. Curiosamente no se tradujo al portugués a pesar de que la obra esté dedicada a Don Miguel de Silva, obispo de Viseu, conocido humanista y embajador en Roma entre los años 1515 y 1525 por encargo del rey de Portugal. Tal vez influyera en la falta de la versión portuguesa el hecho que Miguel de Silva cayó en desgracia ante su soberano Juan III, llegando a ser acusado en 1540 de alta traición, con lo que se vio obligado a huir a Italia, donde fue acogido por el papa Pablo III que lo nombró cardenal (Pozzi 2003: 89).  

La extraordinaria recepción, un total de al menos unos 300.000 lectores en el siglo sucesivo al de su publicación (Burke 1998: 162), transformó el texto en el compendio más conocido de las aspiraciones de la pujante clase burocrática europea (Carella 2007: 555). Sin embargo, con el paso del tiempo se fue configurando en el horizonte de recepción otro tipo de lectura, más parcial y tendenciosa, pues se llegó a considerar Il cortegiano un repertorio preceptivo sintético, idóneo para facilitar la consulta de las nociones lingüísticas y estilísticas expuestas en modo menos accesible por Pietro Bembo en su Prose della volgar lingua (Pozzi 2003: 57-58). En definitiva, el libro no se cataloga dentro de una dimensión lingüística normativa respecto al italiano, e incluso el mismo Migliorini (1983: 310) a mediados del Novecento opinará aún que: “Il Castiglione nel suo Cortegiano ci dà una vivida immagine di quel che erano le corti nel primo quarto del secolo come centro di colta conversazione”.

Entre el público lector no faltaron damas cultas, así, además de Vittoria Colonna, poseía un ejemplar impreso Margarita de Navarra, su amiga Catalina de Médicis y la hija de ésta, Margarita de Valois. En Inglaterra una traducción latina fue dedicada a la reina Isabel, que habiendo aprendido italiano en la infancia tal vez leyera el original (Burke 1998: 170-171). Lectoras interesadas en honor al propio sexo, porque Il cortegiano se inserta no solo en la questione della lingua, sino también en la querelle des femmes, género aristocrático que afronta el tema de la dignidad y la capacidad intelectual de las mujeres, en el intento de revocar el convencional arquetipo de servicio y obediencia a la dama típico de los rituales caballerescos englobados en la tradición literaria y cultural del tardo medioevo. La defensa de las capacidades intelectuales femeninas es un tema central de Il cortegiano, especialmente en el libro tercero, donde Giuliano de’ Medici se decanta a favor de una cierta igualdad entre los sexos, cuando declara: «se nell'animo, dico che tutte le cose che possono intender gli omini, le medesime possono intendere anche le donne; e dove penetra l'inteletto dell'uno, po penetrare eziandio quello dell'altra» (IC 1981: 359).[4] De hecho, la anfitriona del diálogo es la duquesa Elisabetta Gonzaga, cuya función emblemática en cierto sentido es equiparable a la de doña Jerónima Palova de Almugávar, casada con el primo de Boscán y a quien está dedicada la traducción.

3. El cortesano dialoga en castellano

Transcurre, pues, muy poco tiempo desde el momento de la aparición del libro en Italia y la traducción al castellano, la cual, reitera la crítica traductológica actual, «[...] no sólo fue en su tiempo modelo del buen decir, sino también un poderoso instrumento para difundir en España las ideas lingüísticas y literarias de la Italia renacentista» (Torre 1994: 42), aunque el impacto lo causara específicamente por la manera de concebir la escritura prosística, más que por constituir una contribución abstracta al asentamiento de un modelo antropológico foráneo en suelo ibérico. En efecto, Menéndez y Pelayo (1952: 248-249) resalta que: «Boscán tuvo la gloria (no bien estimada aún) de perfeccionar y aquietar en grado extraordinario [...] la prosa, de la cual dio una muestra brillante en su traducción de El Cortesano, uno de los libros más bellamente escritos antes de Cervantes».

La traducción de Boscán, que se imprime en dieciséis o diecisiete ocasiones entre 1534 y 1599, al igual que el original en Italia, se erige entre los escritores de lengua castellana en un auténtico manifiesto estético, gracias a la eficaz propuesta de un estilo natural y no artificioso (Pozzi 1994: 61). No obstante, por otro lado, manteniéndose fiel sólo a medias al originario espíritu de su autor, a los nobles de Castilla menos intelectualizados les interesó el diálogo de Castiglione en cuanto manual de refinado comportamiento en sociedad.

Las primeras ediciones castellanas aparecen muy diferentes de las originales, ya que están impresas en letra gótica y, desde un punto de vista paratextual, llevan adjunto material preliminar, esto es, el prólogo de Boscán y la carta de Garcilaso, y a partir de la edición de 1540 se integrarán también numerosas marginalia, las notas al margen que eran tan usuales en la época y que proliferarán sobremanera en las traducciones al inglés, al francés y al latín, induciendo en ocasiones a reforzar en el lector la impresión de hallarse ante un texto compilador de reglas o recetas cortesanas.

La traducción de las páginas de la dedicatoria al diplomático portugués Miguel de Silva, que encabezan el texto original italiano, y que constituyen ya en sí mismas una síntesis esencial de la visión lingüística de Castiglione, son las que de modo más directo han influido en el pensamiento lingüístico español, pues demuestran en la práctica, a través de la misma traducción, la posibilidad real de la existencia de una prosa castellana al unísono natural y elegante. Castiglione remodelado por su traductor reivindica una lengua independiente de una concreta ubicación geográfica, basada en la selección culta, pero lejana de toda afectación arcaizante, pues, como se lee en la versión de Boscán:

Y porque (a mi parecer) la costumbre del hablar de las otras ciudades principales de Italia donde se juntan hombres sabios, ingeniosos y elocuentes que tratan cosas grandes de gobiernos de estados, de letras, de armas y de diversos negocios, no es justo que sea del todo despreciada en los vocablos que en todos estos lugares se usan hablando, pienso que he podido con razón usar aquéllos escribiendo que traen consigo gracia y gentileza en la pronunciación y son comúnmente tenidos por buenos y proprios para declarar lo que conviene, aunque no sean toscanos ni tengan su principio en Italia (EC 2003: 94-95).

Renuncia, por lo tanto, a la mera imitación de Petrarca o Boccaccio, aunque reivindique a autores toscanos como Poliziano o Lorenzo de’ Medici, no obstante «la fuerza y verdadera regla del hablar bien, consiste más en el uso que otra cosa, y siempre es tacha usar palabras que no se usen» (EC 2003: 94). A pesar de rechazar en su globalidad el modelo de prosa propuesto por el autor del Decamerón, [5] justifica la utilización de palabras francesas, españolas o provenzales porque también Boccaccio las utilizó; servirse de ellas es inevitable, puesto que los nuevos vocablos son semejantes a las mercancías que se transportan de una nación a otra, dice Castiglione con un osado parangón que concede una acertada entidad mercantil y burguesa a los extranjerismos.

En cuanto a su planteamiento frente al latín, en la dedicatoria manifiesta que «no tengo por buena regla la de muchos que dicen que la lengua vulgar tanto parece mejor cuanto menos se parece a la latina» (EC 2003: 95), ubicándose en equilibrio entre los que radicalizándose con posiciones negacionistas respecto al latín, habían comenzado a construir osadas hipótesis acerca de un sustrato etrusco en el toscano, en la realidad casi inexistente, y aquellos otros que, por el contrario, subrayaban en exceso la importancia en el nacimiento del vulgar del evento de las invasiones bárbaras, con la consiguiente idea de corrupción del latín. Castiglione, en oposición a Nebrija, y contradiciendo de nuevo al mismo Bembo, parece no apreciar la noción de cumbre aplicada a un supuesto estadio de máxima perfección alcanzado por un idioma en un específico momento histórico. La justificación última y principal de dicho desacuerdo es que «creería yo que cada uno en este mundo tiene licencia de escribir y hablar en su propria lengua natural» (EC 2003: 96), razón con la que los receptores de la traducción hispana no podían dejar de identificarse, como en efecto hace soterradamente Juan de Valdés. Reivindicación de la lengua materna que manifestará abiertamente Cristóbal de Villalón en el prohemio al lector de su gramática, y que sostendrán de modo paulatino los gramáticos de todas las lenguas vernáculas, frente al conglomerado de acontecimientos políticos y sociales que estaba conduciendo de modo irreversible al asentamiento definitivo de los modernos estados centralizados.

De ahí que Boscán, levantando acta de las afinidades entre las dos lenguas romances y de los perfiles culturales compartidos por ambas culturas, más que proponerse traducir el texto pretende vulgarizarlo en el sentido más estricto, adaptándolo a receptores menos sofisticados que los originales, operación demostrada en un exhaustivo análisis de Lore Terracini (1979). No es de extrañar, en consecuencia, que Boscán confiese en la dedicatoria a doña Jerónima Palova de Almogávar sus titubeos antes de decidirse a traducir la obra por «una opinión que siempre tuve de parecerme vanidad baxa y de hombres de pocas letras andar romanceando libros; que aun para hacerse bien, vale poco, cuánto más haciéndose tan mal, que ya no hay cosa más lexos de lo que se traduce que lo que es traducido» (EC 2003: 71). El hecho es que esta traducción, según la unánime opinión, adquirió en España una importancia similar a la de las mejores obras literarias originales (García Yebra, 1994: 151), cumpliéndose así el propósito que Boscán había declarado preventivamente. El resultado de su labor se transformó enseguida en la traducción canónica de la que no se podía prescindir, modelo no sólo para los lectores, sino para el conjunto de los potenciales exegetas o traductores. La traducción elevada a canon en general representa un modelo positivo, aunque ello no signifique que sea la mejor, dado que el proceso de canonización de un metatexto en la cultura receptora depende de las convenciones de lectura y de la normativa poética imperante (Torop 2010: 49).

Un juicio completamente favorable del resultado del quehacer traductor de Boscán lo proporciona Garcilaso de la Vega, cuando señala que:

[...] siendo a mi parecer tan dificultosa cosa traducir bien un libro como hacelle de nuevo, diose Boscán en esto tan buena maña que cada vez que me pongo a leer este su libro o (por mejor decir) vuestro, no me parece que le hay escrito en otra lengua. [...] Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huir de la afetación sin dar consigo en ninguna sequedad, y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos y no nuevos ni al parecer desusados de la gente. Fue, además desto, muy fiel traductor, porque no se ató al rigor de la letra, como hacen algunos, sino a la verdad de las sentencias, y por diferentes caminos puso en esta obra toda la fuerza y el ornamento de la otra (EC 2003: 74-75).

Es interesante que, aun siendo él el verdadero impulsor, Garcilaso adjudique completamente a Boscán la responsabilidad de la autoría de la traducción: «me hizo estar presente a la postrera lima, más como a hombre acogido a razón que como ayudador de ninguna enmienda» (EC 2003: 76). Margherita Morreale sustancia esta impresión al considerar que tras la traducción de Boscán se perciben aún los ecos de la Epístola LVIII a Pamaquio de San Jerónimo, la magna charta de los traductores, cuando para fundamentar el método de una tradición liberal que se extenderá durante todo el medioevo, asevera que se ha de seguir el sentido y no el orden de las palabras.[6] La estudiosa italiana no deja de considerar, asimismo, la más cercana influencia del enfoque traductológico de Alfonso de Cartagena cuando en el siglo XV pone en castellano las obras retóricas de Cicerón,[7] a lo que hay que añadir que la traducción de Boscán coincide con el final de la influencia del Petrarca moralizante en las letras españolas, al imprimirse en 1534 por última vez la traducción del De remediis (Ruiz Casanova 2000: 174).

La equiparación de Boscán entre actividad traslaticia y asimilación a la cultura receptora, ha inducido a Lore Terracini (1979: 69) a disentir acerca del positivo juicio generalizado, y a considerar con severidad que «Boscán si presenta piuttosto come caso limite di una compiacenza tradizionalistica, nella quale si isterilisce un impegno di rinnovamento molto più programmatico che reale». Ante la división de opiniones, es necesario tener presente que los prosadores españoles de la mitad del siglo XVI, entre ellos los hermanos Valdés, estaban respaldados aún por una tradición muy conservadora, basada en la preceptiva retórica medieval y en el estilo isidoriano, aunque no considerasen en ningún caso dicha prosa un modelo a imitar, de ahí la facilidad con la que penetró la prosa italiana, diseñada siguiendo los parámetros de los maestros latinos filológicamente redescubiertos (Morreale 1959: 39-40). En esta época, por lo tanto, la lengua española era todavía lo bastante flexible como para aceptar influencias, incluso sintácticas, de otra lengua romance, pero al mismo tiempo contaba ya con el bagaje suficiente para mantener firme su propio sistema lingüístico. Frente a posibles embestidas externas, paradójicamente el remedio es la actividad traslaticia, pues como confiesa Boscán en la dedicatoria: «Y aun con todo esto he miedo que según los términos de estas lenguas italiana y española y las costumbres de entrambas naciones son diferentes, no haya de quedar todavía algo que parezca menos bien en nuestro romance» (EC 2003: 72). Temor desmentido por la historia, pues la capacidad de Boscán de buscar y hallar soluciones lingüísticas y estilísticas innovadoras al enfrentarse al texto de Castiglione, ha conferido a su traducción el paradigmático valor de canon vigente aún en nuestros días.

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Notas

[1] Esencialmente Etienne Dolet propone: a) entender a la perfección el significado del texto original, así como su argumento; b) conocer a la perfección la lengua de partida y la de llegada; c) no dejarse mediatizar por el sentido literal; d) usar expresiones del mejor uso común; e) dar al texto traducido un estilo apropiado y uniforme (Mounin 1965: 42; Bassnett McGuire 1993: 80).

[2] «Al Signor lettore. Prima che tu tocchi (Signor lettore) il polso a questi miei Dialoghi, ti voglio dire la loro infirmità. Sono tradotti, e per conseguenza corrotti» (en Satorre Grau 2001: 875).

[3] Burke (1998: 78-83) pone de relieve la importancias del texto para el aprendizaje de la lengua italiana como lengua extranjera, ya que además de las numerosas traducciones, tanto en Francia como en Inglaterra, hubo ediciones bilingües, en Lyon en 1580 y en París en 1585, así como una edición trilingüe en Londres en 1588. Ediciones destinadas a lectores que no sólo deseaban conocer el modelo del cortesano, sino que también pretendían dominar el italiano, aunque haya que precisar que, con excepción de Italia, España y Francia, la obra se leyó sobre todo en sus versiones latinas, conociéndose a su autor con el nombre latinizado de Castilio.

[4] Traduce Boscán: «Si en el alma, digo que todas las cosas que puede entender el hombre puede también entender la mujer, y adonde puede penetrar el entendimiento dél podrá penetrar el della» (EC 2003: 359).

[5] En el castellano de Boscán asegura Castiglione: «[...] yo agora no dexaré de responder a algunos que me echan culpa porque en el escribir no he seguido al Bocacio, ni he querido obligarme a la costumbre del hablar toscano de nuestros tiempos» (EC 2003: 93).

[6] Margherita Morreale (1959: 17) ha retomado la traducción del latín hecha por Alfonso de Cartagena de la Epístola de San Jéronimo, y reproducida por Menéndez y Pelayo en su Bibliografía hispano-latina clásica (1902: 574): «Yo no solamente lo digo, mas aún con libre voz lo confieso, que en la interpretación de los libros griegos non curo de exprimir una palabra por otra, mas sigo el seso et efecto, salvo en las Sagradas Escripturas, porque allí la orden de las palabras trae misterio».

[7] Véase en Rodrigo (2012: 11-20) la importancia de las traducciones de Alfonso de Cartagena para la introducción en España de las ideas de los primeros humanistas italianos.

About the author(s)

María Rodrigo has a MA and a PhD Cum Laude in Modern Philology by the Universidad Complutense de Madrid. In 1996, she obtained a Extraordinary Prize for her PhD dissertation at the Complutense. With a large experience in teaching, from 2002 to 2005, she has been Professor at the Faculty of Foreign Language and Literature and responsible for the Spanish Language section at the Centro Linguistico di Ateneo (CLA) of the University of Sassari. From 2005, she is Professor of Spanish Language of the University of Bologna. She has a large number of international and national publications on translation, language teaching, linguistics historiography, and literary language.

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©inTRAlinea & Maria Rodrigo (2013).
"El cortesano y su traductor."
inTRAlinea Special Issue: Palabras con aroma a mujer. Scritti in onore di Alessandra Melloni
Edited by: Maria Isabel Fernández García & Mariachiara Russo
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