La interpretación, entre oficio y profesión

By Jesús Baigorri Jalón (Universidad de Salamanca, Spain)

Abstract & Keywords

English:

This article consists of an impressionistic reflection on aspects related to interpreting as a trade or as a profession, providing examples from Italian and Spanish in a variety of situations covering different historical moments and various geographical settings. It points to the fact that the spontaneous exercise of interpreting goes back to the early stages of history while its professionalization has taken place in more recent dates.

Spanish:

Este artículo es una reflexión impresionista sobre aspectos relacionados con la interpretación como oficio o como profesión, proporcionando ejemplos de la lengua italiana y española en distintas situaciones que abarcan distintos momentos históricos y diferentes escenarios geográficos. Se apunta al hecho de que el ejercicio espontáneo de la interpretación se remonta a etapas tempranas de la historia aunque su profesionalización se haya producido en fechas más recientes.

Keywords: Historia de la interpretación, la interpretación como oficio, la interpretación como profesión, History of interpreting, interpreting as a trade, interpreting as a profession

©inTRAlinea & Jesús Baigorri Jalón (2019).
"La interpretación, entre oficio y profesión"
inTRAlinea Special Issue: Le ragioni del tradurre
Edited by: Rafael Lozano Miralles, Pietro Taravacci, Antonella Cancellier & Pilar Capanaga
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Stable URL: http://www.intralinea.org/specials/article/2395

Introducción

Cumplo solo en parte uno de los requisitos para intervenir en un congreso de hispanistas: el de usuario, como tantos millones más, de una fracción de la lengua de Cervantes, condición que poseo en realidad de manera accidental por haber nacido y vivido muchos años en España. Que la reunión tenga lugar en Italia da una vuelta de tuerca más a mi intrusismo, ya que el italiano no figura entre mis lenguas oficiales de trabajo, aunque le tenga afición desde hace mucho tiempo y precisamente por eso sea muy consciente de que son lenguas diferentes (Capanaga 2006: 18). Me enfrento, pues, a la difícil tarea de comparecer ante un público de expertos hispanistas para hablar de un tema colateral a este encuentro. Me propongo exponer algunas ideas con la técnica que emplean los pintores impresionistas, para que sea la retina del observador la que mezcle las manchas de color y descubra, aunque sea de manera borrosa, la silueta de las figuras. Para hacerme eco del contexto, traeré a colación algunas cuestiones que tengan que ver con nuestros dos países, o más bien conjuntos culturales. Italia y España tienen historias trenzadas a lo largo de siglos en torno al eje del Mare nostrum, que ha mecido con su vaivén a los pueblos que lo rodean. A estas alturas –por ejemplo, después de las consecuencias que han tenido las llamadas primaveras árabes– no sé si el adjetivo nostrum resulta más excluyente que abarcador para los vecinos de la orilla meridional. Para no hablar de terremotos tras los recientes temblores en esta zona de Italia, diré que los ciclones y anticiclones de la Historia (en palabras que usa Magris en Un altro mare) han traído consigo proyecciones imperiales y diaspóricas, de mayor o menor alcance y duración, de los pueblos que habitan lo que con el tiempo se vinieron a llamar Italia y España, y que se plasman en momentos diferentes de la Historia en otras regiones y continentes. De modo que la dialéctica entre nuestras tierras y nuestros pueblos es milenaria y ha dejado sus reflejos en influencias mutuas, visibles entre otras cosas en la geografía, la arquitectura, el arte y los modos de vida de cada uno de nosotros. Por eso seguramente me encuentro habitualmente como en casa cuando vengo a Italia.

Ninguno de los tres conceptos que aparecen en el título de esta exposición es unívoco, ni mucho menos aún estático. Esos conceptos están sujetos a disquisiciones muy diversas según la sociedad en la que se emplean y el momento histórico en el que se vive. «La historia es un incesante volver a empezar», decía Tucídides, y esa observación se aplica bien a la interpretación. No podemos identificar un remoto Big Bang que diera origen a la interpretación, pero sí podemos observar un proceso que se remonta muy atrás en el tiempo y del que tenemos referencias equivalentes las más de las veces a agujeros negros, donde sospechamos que tuvo que haber intérpretes pero no disponemos de sus voces. Si bien la luz que nos envían las estrellas lejanas tiene una intensidad en general débil y mortecina, de vez en cuando nos alcanza el fulgor de la explosión de una supernova, que nos permite analizar mejor el funcionamiento de una especie de «teoría general de la relatividad» que explicaría los distintos avatares de la comunicación interlingüe e intercultural. El proceso de Núremberg podría servirnos como muestra de una supernova, de un hito que nos ofrece una nueva cartografía del fenómeno de la interpretación. Al ponerse el foco sobre la modalidad de la interpretación simultánea que se empleó durante los procesos, se produciría un avance en el sentido de cambio de paradigma y, en cierta medida, de revolución técnica, aunque la simultánea se había empezado a emplear casi veinte años antes (Baigorri Jalón 2000). Esa transformación «revolucionaria» no significa necesariamente que exista una flecha del tiempo recta, continua y sin altibajos, que va dejando atrás soluciones ya obsoletas, sino que se trata más bien de un proceso de superposiciones y solapamientos de espacios y de tiempos diferentes. Cada generación adapta los significados de los conceptos y de las palabras que utiliza. Por eso el concepto de interpretación sigue siendo polisémico.

Podríamos decir que en nuestro estadio de evolución social y económica, la utopía, en el sentido de «no lugar», y la ucronía, en el sentido de la dominación del hombre sobre el tiempo, (casi) se han alcanzado gracias a los avances de la ciencia y de la técnica. En cambio, una magnitud tan esencial como la comprensión del Otro parece estar aún fuera de nuestro alcance. Lévi-Strauss se refería en Tristes tropiques a las cinco dimensiones que tenía cualquier viaje, ya que a las tres del espacio y a la cuarta del tiempo se añadía la de la jerarquía social. Forzando un poco esa argumentación podríamos identificar esa dimensión social como aquella en la que se dirime la relación entre dos seres humanos –aunque, en realidad, también se podría aplicar al viaje interior dentro de cada uno–, a través de diversos códigos semánticos, pero sobre todo mediante el lenguaje propio de cada cual. La lengua sería, así, otra dimensión más de nuestro universo, el vehículo de expresión de nuestras formas de ver el mundo y la herramienta más refinada de nuestra comunicación interpersonal. La superación de los escollos que se interponen entre las lenguas, que es tanto como decir el triunfo sobre la sordera y la miopía hacia los demás, es una de las maneras de ver lo que aquí entendemos por interpretación.

Verba volant, scripta manent?

Se ha hablado mucho de la visibilidad del traductor y muy poco de la audibilidad del intérprete, pero lo cierto es que hasta épocas muy recientes no hubo posibilidades técnicas de grabar la voz de quienes actuaron como interlocutores primarios y secundarios en encuentros mediados por intérpretes. Toda la etapa anterior, de muchos siglos y aun milenios, es prehistoria o, en el mejor de los casos, protohistoria, si consideramos como fiables las referencias escritas o gráficas a los intérpretes. En todo caso, siempre nos quedarán sombras de duda, porque no podremos comprobar si lo que recoge el cronista del suceso refleja verazmente lo que dijo el intérprete o la manera como lo dijo, y mucho menos aún si las palabras atribuidas al intérprete coinciden en una lengua con las que dijo el orador original en otra.

Por ejemplo, sabemos que hace unos doscientos años, en 1808, cuando Napoleón Bonaparte impuso a su hermano José como monarca de España, este pasó por mi ciudad, Logroño, y expuso sus ideas en un discurso. Un periodista local hacía referencia al acontecimiento con ocasión del bicentenario del mismo:

En presencia de numerosos representantes del clero y fieles en general, Bonaparte defendió desde el púlpito de la colegiata logroñesa su derecho a ceñir la corona. Pero como no dominaba la lengua de Cervantes, optó por hablar en italiano, ante la sorpresa del auditorio. El sermón tuvo que ser traducido al castellano por el patriarca de las Indias Occidentales, Ramón José de Arce.

De Arce, a la sazón también arzobispo de Zaragoza, era un prelado muy afecto al bonapartismo, afrancesado convicto y cercano a la masonería, pese a que, hasta ese mismo 1808, ostentara el relevante cargo de inquisidor general. (Marcelino Izquierdo, Diario La Rioja, Logroño, 24 de diciembre de 2008)

La intervención fue publicada en castellano en varias imprentas en los meses y años siguientes, de modo que el italiano se metamorfoseó en español y lo oral se convirtió en escrito, antes incluso de plasmarse en las medidas políticas afrancesadas que aplicó José Bonaparte durante su breve reinado en España. Las publicaciones reflejaron aquello que tomaron al oído quienes escucharon la interpretación oral del arzobispo, pero no podemos saber con certeza si se corresponde con lo que expresó el monarca en italiano.

Hace algo más de un año presencié en Salamanca un debate entre traductores de las Naciones Unidas (ONU), defensores unos y detractores otros del uso del dictáfono en su trabajo. El proceso consiste en que el traductor graba su propuesta de traducción dictando en voz alta en la lengua de llegada lo que está leyendo con la vista en la lengua de origen, señalando incluso los signos de puntuación. Un equipo de mecanógrafos se encarga después de transcribir por escrito la grabación del traductor. Los mecanógrafos, claro está, no tienen por qué conocer el idioma de origen, sino solo el de llegada. La tradición de dictar en la ONU estaba tan arraigada que, cuando en los años 1990 la Organización trató de que los traductores teclearan los textos en su ordenador, se produjo un movimiento reivindicativo de oposición y resistencia. Hoy en día hay equipos de reconocimiento de la voz que permiten que la traducción a la vista se plasme directamente en forma de texto en la pantalla sin necesidad de que intervenga el mecanógrafo ni de que los traductores tecleen su versión, aunque la mayoría de estos opte por el empleo del teclado.

Salvando el considerable salto tecnológico que existe entre esas dos formas de producir el texto escrito a partir del texto oral, tanto la una como la otra se asemejan a la manera de hacer las traducciones en la llamada Escuela de Toledo en la Edad Media. Allí, un proceso habitual era que algunos judíos cultos, familiarizados con el árabe por la cercanía entre las dos lenguas semíticas, leyeran oralmente su versión en castellano del texto árabe y luego los latinistas pusieran por escrito en latín el texto que se había producido en castellano. La lengua pívot era el castellano, porque ni el latinista que escribía el texto final sabía árabe ni el judío que traducía a la vista sabía latín. Eran dos diglosias que tenían al castellano como elemento común las que permitían que la traducción pudiera tener lugar (Foz 1998: 95-96). Estamos tratando, pues, de buscar nombre y apellidos a algo que muchos se limitaron a hacer a lo largo de la historia sin tener una conciencia clara de a qué disciplina pertenecía lo que hacían ni de si era arte o ciencia. El traductor y el intérprete realizaron a menudo una labor mixta de orfebres pacientes del lenguaje, de hábiles domadores de la palabra ajena para que esta pasara por el aro de la lengua de llegada, tornándose de paso de oral en escrita.

La interpretación simultánea que practicamos hoy en día en situaciones llamadas «de conferencia» también exige con frecuencia soluciones que podríamos llamar híbridas entre lo oral y lo escrito. También hoy el intérprete trabaja a menudo a partir de un texto que alguien lee en voz alta, pero hay una diferencia fundamental respecto al dictado de los traductores o al pasado medieval que acabo de evocar: el intérprete ha de traducir simultáneamente el original a un ritmo que no depende de él sino de quien lee el texto. El eslabón débil de la cadena, es decir, el que ralentizaba más el proceso en la Edad Media era normalmente el escribano, que tenía que recurrir a las abreviaturas –es decir, al antecedente de la taquigrafía–, lo que explica, por ejemplo, el origen de la «eñe». En la interpretación simultánea, el eslabón débil –también por su escasa posibilidad de influir en el proceso– es el intérprete, ya que existen límites en el cerebro humano que no pueden sobrepasarse sin poner en riesgo el resultado de la tarea, en su contenido y en su forma, además de la integridad física y mental del propio intérprete. En el lugar y la época en la que nos está tocando vivir, singulares y a la vez semejantes a los de otras etapas, vemos que la velocidad lo invade todo y que las tecnologías que nos conectan instantáneamente generan una especie de adicción a la prisa, impensable hace tan solo veinte años. Si bien prevalece en nuestros días una sensación de que la dinámica de progreso material creciente, continuo e indefinido que caracterizó décadas precedentes, ya es algo del pasado, nuestras sociedades presencian, casi sin asombro, los cambios provocados en las costumbres por las tecnologías de la información. Con esto estoy apuntando a uno de los retos de la interpretación de conferencias en nuestros tiempos. Se trata de la presencia generalizada de una variable independiente, la de la velocidad, que está muy ligada a la evolución de las tecnologías de la información y la comunicación. Estas han cambiado radicalmente los hábitos de las personas que tienen acceso a ellas y han traído mejoras extraordinarias en la formación y en la preparación de intérpretes, pero también no pocos inconvenientes. Uno de ellos es el que lleva a considerar al intérprete como una máquina que, a pesar de la fe ciega en la tecnología, todavía estar por inventar.

Si se habla por un lado del tubo en inglés, por el otro extremo del tubo salen palabras en castellano. Lo mismo sucede si se mira, porque el traduscopio lo traduce todo; la cuestión no está más que en la graduación de los tornillos. (Baroja, 1973 [1901]: 83)

Las palabras del personaje de Baroja, al referirse hace más de cien años al «traduscopio», parecen –y son– quiméricas. ¿Pero acaso el programa de traducción de Google, cuyos resultados todos conocemos, no se asemeja al tubo «traduscópico» óptico y acústico barojiano? Es un hecho que ese programa de Google se utiliza de forma masiva y no solo para satisfacer la curiosidad individual, sino también como base para el nacimiento de un nuevo tipo de encargos de traducción: los clientes le mandan el producto de la traducción de Google al traductor para que este limite su tarea a «revisarla», como si se tratara del montaje de un mueble de IKEA, en el que piezas y tornillos no siempre coincidirían por los errores de base del procesador. Podemos imaginarnos la reducción que esto supone del valor añadido –habría que hablar en realidad de valor sustraído– y la complicación que ello entraña para la labor de los profesionales de la traducción. Igualmente el interpreting trolley, que se lleva en los hospitales para conectar a distancia con el intérprete de lengua de signos cuando se trata de enfermos sordos, o la interpretación a distancia con una webcam se van asemejando al invento del autor vasco, salvo porque los husillos no son sino cavilaciones del cerebro de una persona de carne y hueso.

El revés del tapiz

Las lenguas y su interpretación se sitúan, por lo tanto, como una dimensión más, como otro lugar de la globalización, como esa cara oculta, ese revés del tapiz del que hablaba Cervantes en su «Quijote»:

[…] el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la tesura y tez de la haz. (ed. Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, 1998: 1144)

Payàs Puigarnau (2010: 26) se refiere en su obra «El revés del tapiz» a los políglotas que «se encuentran situados en la intersección entre las dos sociedades» y «operan las reconfiguraciones necesarias para hacerlas mutuamente inteligibles». A veces se trata de interpretación de emergencia –como sucede en tantos encuentros con intérpretes ad hoc en multitud de situaciones– pero otras se trata de interpretación «en planta», es decir, estructurada y regulada, con intérpretes profesionales. En cada situación diaria donde se produce una conversación que necesita intermediario queda colgando ese hilo algo desigual y deshilachado, que solo se nota por el revés: el tejedor no es perfecto, pero se produce el texto –texto y textil tienen la misma raíz–, es decir, el intercambio. Son tantos los casos, con tantas combinaciones de soluciones posibles, que resulta muy difícil acotar con precisión un perfil que sirva de denominador común significativo y que alcance el consenso. Servir de correa de transmisión entre interlocutores que no se entienden es, en la mayoría de los millones de casos que se dan cotidianamente en el mundo, una labor que realizan personas no formadas profesionalmente para ello ni retribuidas por lo que hacen. Y, sin embargo, aunque se noten las puntadas y el zurcido sea basto, el mensaje se transmite, en un zoco del norte de África o en una plaza de Bolivia o de México, en un hotel o en una excursión guiada, en uno de los tantísimos cruces simbólicos de fronteras, en nuestros barrios, en hospitales, cárceles, juzgados, comisarías, etc., etc. Sus artífices son «intérpretes», que a veces tienen un cierto oficio en lo que hacen gracias a un aprendizaje sobre el terreno, sin ser profesionales y, muy a menudo, sin percibir remuneración por esa labor que realizan junto a otras, de modo que ni siquiera se ganan la vida con las palabras de los demás, a diferencia de quienes lo hacen como «ocupación habitual [...] realizada con un fin utilitario» (Fernández Sanchidrián et al. 2000: 354). Solo para estos sería válida la tercera acepción de la palabra «interpretación» que propone Delisle (1999: 257) en «Terminología de la traducción»:

Actividad profesional que consiste en establecer, en forma simultánea o consecutiva la comunicación oral o gestual entre dos o varios interlocutores que no hablan la misma lengua.

Obs. 1.- La interpretación tiene lugar principalmente en reuniones o conferencias internacionales, ante los tribunales, en asambleas parlamentarias o cuando se realizan misiones diplomáticas o encuentros de jefes de estado.

Obs. 2.- Se distinguen diferentes tipos de interpretación: simultánea, consecutiva, de conferencia, de enlace, en voz baja, gestual, comunitaria, ante tribunales, etc.

En ese «espacio de la globalización» del que habla Retaillé (2012), hay tendencias opuestas por el control de dicho espacio: la de la negociación, la del orden y la de la guerra. Aplicando esos mismos criterios a la interpretación, diríamos que la negociación sería la tendencia predominante, ya que, en esencia, se trata de llegar a un entendimiento sobre el tema del que se habla. La tendencia del orden sería la que se plasma en la legislación institucional, presente en las organizaciones internacionales y en las distintas instancias de la administración pública de muchos de nuestros países. Y la tendencia de la guerra también aflora en la función que desempeña la lengua como arma en los conflictos. La situación del intérprete en muchos de esos intercambios cotidianos es insegura, porque la inversión de la jerarquía que a veces se observa por su monopolio de las dos lenguas es solo aparente: es la jerarquía de verdad, la del poder, la que se acaba imponiendo. Las circunstancias pueden ser tan precarias que a veces el intérprete corre el riesgo de perder la vida, según las condiciones en las que se vea obligado a trabajar, por ejemplo en situaciones consideradas de conflicto. No es preciso recordar aquí la suerte que han corrido algunos de los traductores de los «Versos satánicos» de Rushdie a otros idiomas. Pero, por centrarnos en la interpretación, me referiré a un ejemplo de un lugar donde mueren los intérpretes a menudo: Afganistán.

[...] Lo ideal para los contingentes españoles es captar, reclutar y formar a intérpretes que procedan de la zona de conflicto, tengan pasaporte español y lleven mucho tiempo de arraigo en nuestro país, tal y como era el caso de Taefy Alili. Al inicio de una misión en Afganistán, primero fue el Estado Mayor de la Defensa el que informó de sus necesidades y luego el CNI se encargó de contactar con posibles candidatos, a los que hizo un llamamiento restringido, según la terminología militar, para preguntarles si querían participar en un operativo que conllevaría grandes riesgos.

En misiones como la afgana, si la respuesta inicial es afirmativa, los servicios secretos comprueban luego si el candidato tiene una gran capacidad idiomática (para allí se pide conocer el dari, el farsi o el pastún), si es competente para labores de traducción y si tiene posibles vínculos con otros servicios de inteligencia. “Los controles son muy rigurosos y hay muchos candidatos que no los pasan”, subraya un portavoz del CNI a Tiempo. Y es que el servicio de inteligencia que dirige Félix Sanz Roldán tiene agentes que pueden “interpretar un susurro en 30 idiomas”, como se encargó de precisar el director del CNI en una de sus primeras intervenciones públicas tras acceder al cargo.

El que los intérpretes sean residentes en nuestro país es una condición sine qua non para pasar los exámenes del CNI, aunque en circunstancias especiales el contingente español en Afganistán ha echado mano de intérpretes locales con contratos temporales sobre la marcha. Fue el caso de Roohulá Mosavi, un afgano de Herat que en septiembre de 2007 perdió la vida junto a los soldados Germán Pérez y Stanley Mera, al explotar una mina talibán bajo el blindado en el que viajaban. La mujer y la hija recién nacida de Mosavi quedaron desamparadas y a merced de los insurgentes, que se encargan de castigar a la familia del que colabore con los ocupantes cruzados.

Los ejemplos de Taefy Alili y Mosavi son una muestra palmaria de cómo se dividen los intérpretes en grupos o castas en función del lugar de origen: los traductores que vienen de España, en su gran mayoría iraníes exiliados tras la revolución islámica de los ayatolás, visten uniforme castrense aunque no forman parte del Ejército, cobran unos 4.000 euros al mes, van rotando con cada relevo del contingente y cuentan con un seguro de vida entre otros privilegios “porque si no, nadie iría allí”, tal y como reconoce un general en la reserva. Los locales afganos, por el contrario, que superan los filtros de seguridad y que acaban trabajando para los españoles, reciben únicamente una paga mensual que ronda los 500 euros al mes, cinco veces más de lo que puede ganar un militar o policía afgano en la actualidad.

En todo caso, reclutar sobre el terreno conlleva riesgos enormes. “En Iraq, nuestro problema era la lealtad de esta gente”, recuerda el oficial que estuvo allí tras la caída del régimen de Sadam Hussein. “Tienen que ser de fiar al máximo. Ha habido casos de darles la nacionalidad española (como en Bosnia o Kosovo), pero son muy pocos porque el local, al final, está sujeto a riesgos y le pueden extorsionar”, concluye. El ejemplo a seguir es el Ejército británico, que cuenta con su propia escuela de traductores. (Revista Tiempo 10/09/2010 “Un trabajo secreto en Afganistán”)

La clave en el proceso de selección es la lealtad al demandante de los servicios, en este caso el ejército español en misión en Afganistán. Como ha sucedido durante buena parte de la Historia, no se exige la formación como intérprete, sino sobre todo el conocimiento de los idiomas y la lealtad a la persona o institución que contrata. Los riesgos, en situación de conflicto, son grandes porque la lengua es un arma más de combate y la relación interpersonal, con los civiles o con los prisioneros, exige una proximidad a la línea de combate que trae consigo la pérdida de vidas humanas entre los intérpretes.

Puesto que este congreso tiene lugar en Italia, haré un salto retrospectivo para decir que la Guerra Civil española fue también una guerra civil entre italianos, los que vinieron enviados por Mussolini como «voluntarios» y los que voluntariamente se incorporaron a las Brigadas Internacionales para defender a la República. En ese sentido, fue el preámbulo de lo que sucedería poco después en la Segunda Guerra mundial. Aunque las potencias del Eje trataron de ocultar el envío de tropas de apoyo al sublevado Franco, desde el principio hubo pruebas fehacientes de su presencia, de la relatividad de su voluntariado y de la insensatez de la guerra.

Las mejores pruebas de que disponíamos para “demostrar” que había en España unidades completas del Ejército de Mussolini eran los documentos capturados en los pueblos abandonados, precipitadamente, por el enemigo y, sobre todo, la gran cantidad de soldados italianos cogidos prisioneros en la batalla de Brihuega; campesinos que no hablaban más que su idioma natal y que declararon, sin excepción, que habían sido enviados a España con engaños y contra su voluntad. (De la Mora 2004 [1939]: 389)

He aquí a continuación un caso curioso en el que un soldado italiano del bando franquista que había sido emigrante en los Estados Unidos aprovecha su acento inglés de Brooklyn (NY) para hacer creer a un brigadista estadounidense que es compatriota suyo del bando republicano. Aquí no fue necesario ser traduttore para ser traditore, sino que bastó la adquisición del idioma durante la experiencia emigratoria para que la lengua sirviera como herramienta bélica.

[...] En el sector del río Algars, los restos del Spanish, del Mac-Paps y del British, perdieron los pueblos de Arenys de Lledó y Lledó. El americano Carl Geiser, comisario del Mac-Paps, protegía la retirada de sus hombres al pie de una ametralladora, pero del lado del adversario una voz le gritó, con perfecto acento de Brooklyn, Come on over. We’re your friends. Geiser detuvo la máquina. Entonces se le acercó quien había hablado: era un fascista italiano que había vivido en Nueva York. Un capitán del CTV [Corpo di truppe volontarie] puso su pistola en el pecho de Geiser, que se entregó como prisionero. (Castells Peig 1973: 323)

Carnevale (2009) se ha referido a la evolución del dominio de los idiomas entre los inmigrantes italianos a los Estados Unidos entre 1890 y 1945, analizando la persistencia de los dialectos, la relación con los hablantes de la lengua mayoritaria, la adquisición del inglés, etc. Resulta oportuno, en este contexto, referirnos de modo colateral al famoso caso del juicio de Sacco y Vanzetti, por el entorno en el que estamos, por la trascendencia que pudo tener la función del intérprete de tribunales de la época y por la forma en la que ilustra las dificultades que entrañaba la solicitud de un intérprete de «italiano», cuando en realidad hubiera sido necesario disponer intérpretes de versiones dialectales no siempre inteligibles entre sí.

[…] In explaining to the judge why he continued to resist employing the interpreter, Sacco insisted, “the interpreter, could not explain things the way I tell him.” When told by the judge that the interpreter had worked in the court for the past twenty-five years, Sacco responded, “I don’t care if the interpreter was in this court for forty years, if he could not explain things the way I tell it.” It bears mentioning that Sacco and Vanzetti each spoke in their respective regional dialects. Besides the likelihood that Ross favoured the prosecution, he may not have been conversant enough with Vanzetti’s northern and Sacco’s southern dialects to interpret them accurately. (Carnevale 2009: 88)

Algo parecido había sucedido en un juicio previo a Vanzetti, como se aclaró gracias a la supervisión de un experto aportado por el abogado de la defensa.

[…] In Vanzetti’s earlier trial for the holdup in Bridgewater, the interpreter, a Neapolitan named Menine, was not always able to understand the Italian witnesses who came from different regions of Italy. William Bernagozzi, who was brought in by Vanzetti’s defense lawyer, John P. Vahey, to monitor Menine’s translations, testified during the 1927 Governor’s Advisory Committee hearings that “it was impossible for the witness to understand the interpreter and it was impossible for the interpreter to understand the witness because it was in entirely different dialects.” Bernagozzi also testified to the poor impression these witnesses made on the jury as a result of their struggling to understand and make themselves understood by the interpreter. (Carnevale 2009: 90)

Estos ejemplos revelan las consecuencias que podría tener la realidad lingüística italiana en la incomprensión entre hablantes aparentes del mismo idioma, que se debatía entre los dialetti y la lengua unitaria tanto en la metrópoli como en la diáspora.

Estas breves referencias históricas a una guerra que fue de naturaleza internacional, entremezcladas con un guiño a la emigración italiana a los Estados Unidos a caballo de los siglos XIX y XX, sirven para ilustrar cómo se entrecruzan las personas en el tiempo y en el espacio. Las noticias que diariamente nos llegan sobre las numerosas zonas de conflicto que hay en el mundo confirman la persistencia implacable de las guerras y la confluencia y solapamiento en ellas de personas de distintos idiomas y culturas, que siguen necesitando la labor de los intérpretes para que las flagrantes desavenencias que están en la base de los enfrentamientos bélicos no tengan el pretexto de la lengua como barrera.

Una multiplicidad de situaciones

Las transformaciones en las sociedades occidentales postindustriales –o en todo caso postfordistas– han producido en los últimos decenios unas necesidades nuevas de servicios de interpretación por su volumen y variedad. Derivan de fenómenos migratorios masivos, en los que intervienen y se enredan encrucijadas de muy diversos orígenes, que han provocado una metamorfosis de la profesión.

Desde un punto de vista social, somos testigos de movimientos migratorios de duraciones diversas y de características que podríamos clasificar de varias formas:

  • Prelaborales, donde cabría incluir por ejemplo el trasvase de estudiantes Erasmus. Una sencilla encuesta a nuestros alumnos de hace unos años confirma que no todo fue fácil lingüísticamente hablando en su trato con el casero, el fontanero o el dentista. Está por hacer –que yo sepa– un estudio sociológico de la descendencia derivada de los noviazgos y matrimonios Erasmus como third culture kids, superadores de la maldición de Babel y metáfora del ser o no ser de Europa.
  • Laborales, es decir, las migraciones económicas desde unos países a otros, pero sobre todo desde los países menos desarrollados hacia los que ofrecen mejores condiciones de vida. La manera de llegar varía mucho entre los ejecutivos de las empresas multinacionales –expatriados cosmopolitas– y los africanos que arriban a nuestras costas en patera e indocumentados. También es distinta la perspectiva de quien se establece de manera más o menos permanente en el lugar de llegada y los trabajadores que pasan las jornadas laborales en el país donde trabajan y los fines de semana y vacaciones en el suyo propio.
  • Postlaborales, donde incluiríamos las migraciones de jubilados que se instalan en zonas ecológica y climáticamente más atractivas que las de sus lugares de origen, y que podríamos abreviar como el modelo del English patient.

Cada una de esas realidades supone niveles diferentes de comunicación y, por lo tanto, distintos tipos de demanda de interpretación, donde intervienen no solo las lenguas sino también los grados de desarrollo político y social de las personas que necesitan los servicios, desde entornos que viven en estadios previos al Estado-nación moderno hasta sociedades postnacionales en las que han desaparecido las fronteras estatales tradicionales, y sus diferentes niveles de desarrollo tecnológico y cultural. En este sentido, cabe subrayar el papel que desempeña, por ejemplo, Skype como facilitador de relaciones y como entorpecedor de la adaptación lingüística al lugar de llegada: si hubiera habido Skype en la época de los grandes movimientos migratorios que poblaron los EEUU, ese país tendría un régimen lingüístico muy diferente del que tiene en la actualidad y seguramente el inglés no sería el único idioma oficial.

Desde una perspectiva lingüística, se han producido transformaciones considerables en la constelación de idiomas, con una característica destacable sobre todas las demás: el aumento indiscutible del peso del inglés a escala global. Estamos llegando, en algunos ámbitos, a una especie de diglosia o esquizoglosia entre la lengua «mayor», el inglés, y la lengua «menor», la lengua local. Quizás cabría distinguir aquí entre el Globish, entendido y hablado por muchos, y el English, entendido y hablado por muchos menos. Por tanto, debería ser objeto de debate a qué inglés nos referimos, ya que según cuál sea el inglés así tendrán que ser las tácticas de comprensión y también, naturalmente, las de interpretación. En ese sentido, el intérprete ha de ser, en primer lugar, descifrador o descodificador de originales, que a veces resultan ininteligibles incluso para los hablantes nativos de la lengua. En este proceso de descodificación intervienen aspectos muy variados, que van desde quién sea el hablante original hasta cuál sea el tema del que se habla. Javier Marías en su novela «Corazón tan blanco» (1992: 61) cuenta el caso del delegado australiano que quiere que le interpreten también a él, porque ser interpretado es símbolo de prestigio, y para conseguirlo habla con un acento tan marcado que exige la presencia de un intérprete del inglés australiano a un inglés comprensible para la audiencia y para los otros intérpretes. Quienes nos dedicamos a la labor de interpretar sabemos muy bien que en ocasiones nos topamos con variedades lingüísticas que exigirían subtítulos para poderlas entender. No es casual, en ese sentido, que algunas películas de Ken Loach se subtitulen cuando se exhiben en los Estados Unidos. Dicho esto, el avance del inglés como lengua universal se ve contrarrestado por el hecho de que nunca ha sido tan grande la variedad de idiomas que requieren servicios de interpretación, como consecuencia del creciente acceso a medios de transporte asequibles y la consiguiente circulación de personas a escala global, fenómenos que han multiplicado por muchos enteros las tipologías de los encuentros.

En el plano científico, se aprecia un peso creciente del modelo occidental de cuño anglosajón y la postergación –supuestamente por inválidos y retrógrados– de otros paradigmas e incluso de otras perspectivas epistemológicas que, no obstante, sobreviven en una parte nada desdeñable del planeta. En el ámbito de la interpretación en los servicios públicos se ha impuesto el modelo anglosajón, como si, digamos, hasta el movimiento del Critical Link no hubiera habido nunca en el mundo interpretación en los servicios públicos. La palabra intérprete o sus equivalentes a lo largo de la historia, como «lengua», «trujamán», «dragomán», «faraute», «nahuatlato», entre otras, se ha aplicado o se aplica a personas cuyo habitus, en el sentido de Bourdieu (1972: 178), estaba o está claramente delimitado, pero también a otras muchas que, sin alcanzar un estatuto claro en cuanto a sus funciones, han realizado o realizan tareas que consisten en trasladar un mensaje de un idioma a otro. Acostumbrados al discurso científico en inglés, pasamos por alto que hay muchos sectores de las sociedades que permanecen lingüística y culturalmente vinculados a otros ejes de coordenadas, olvidados ante la indiferencia del pensamiento dominante. En este sentido, conviene reivindicar una epistemología del Sur, que equivale a proponer soluciones en las que se haga hincapié en una nueva ecología del conocimiento y en la importancia de la traducción transcultural (De Sousa Santos 2011). Según señalaba hace poco Mario Samaniego, colega de la Universidad de Temuco (Chile), en una conferencia en Salamanca, cuando una industria maderera multinacional negocia con los mapuches de la Araucanía la posible explotación de los recursos forestales, el concepto empresarial de «bosque» no tiene mucho que ver con el concepto ancestral de mawida, aunque el diccionario ofrezca esa equivalencia entre el español y el mapudungun. Los actos de habla, nunca mejor caracterizados que en la historia de las relaciones entre la Corona española y el pueblo mapuche en los siglos de la colonia por los llamados «parlamentos», son un reflejo de valores culturales mapuches que asumen los negociadores españoles como si el colonizador adoptara los usos del colonizado, con lo cual se difuminan jerarquías y poderes. Por ejemplo, esa ceremonia de los parlamentos, exigía que todos los participantes mapuches intervinieran aunque fuera para decir exactamente lo  mismo (alterando así por ejemplo la norma del cambio de turno típica de los españoles), es decir, que se respetara la autonomía y las costumbres del Otro y la simetría en el intercambio (Zavala 2008 [2000]).

Si nos referimos a la interpretación desde un punto de vista académico, en el marco del universo de saberes, donde el oficio se torna en profesión, no tenemos más remedio que hacer constar su insignificancia. Cuando uno busca en Internet la palabra «intérprete» encuentra entre las respuestas una abrumadora mayoría de referencias al cine, la música y el teatro. Así pues, aunque a lo largo de varios decenios se ha ido consolidando la profesión en el marco de lo que podríamos caracterizar como una subdisciplina de los llamados estudios de traducción o traductología, la opinión pública sigue desconociendo a qué se dedica alguien que dice ser intérprete. La traducción y la interpretación han ido identificándose, al menos en España, con un área científica definida, cuyo número de programas alcanza hoy la veintena. En lo que respecta a la interpretación esto se puede contemplar desde diversas perspectivas, entre las que quiero destacar algunas. Los enfoques teóricos ya consolidados son un baluarte de difícil asalto, sobre todo cuando ya existe un corpus enorme de bibliografía que se ha ido consolidando en paralelo a la academización / reducción de la profesión –según el lema publish or perish–, y que ya forma una especie de entramado de referencia ineludible para los estudiantes. La proliferación de la oferta de programas está directamente correlacionada con una percepción incorrecta de la demanda de intérpretes, a partir de la entrada de España en las Comunidades Europeas en 1986. La normativa ministerial que dio el pistoletazo de salida a la reconversión o creación de departamentos y facultades de traducción e interpretación en 1992, en ese contexto orientado a las instituciones europeas, hizo que casi todos los planes de estudio se volcaran en los tres idiomas más comunes (inglés, francés y alemán), como si, por un lado, las necesidades de profesionales en la UE fueran ilimitadas y como si, por otro, no hubiera una enorme volatilidad en el mercado. Hoy, sin embargo, las combinaciones lingüísticas requeridas en nuestras oficinas de empleo, comisarías, escuelas, juzgados, etc. poco o nada tienen que ver con las trinidades de lenguas santificadas en los programas universitarios.

Soy consciente de lo fragmentario de estas notas, que han querido poner de relieve que la actividad de la interpretación ha acompañado a la Humanidad  desde siempre, porque la confusio linguarum existió desde antes de Babel y porque ser bilingüe, además de ser una banalidad en muchos países (Yaguello 1988: 30-31), ha sido una herramienta estratégica para las relaciones humanas a lo largo de toda la Historia. Soy consciente también de que el propio concepto de dominio de un idioma es relativo, sobre todo cuando hemos de aplicarlo a la labor de traducir e interpretar. No está de más observar el desconocimiento que existe en nuestras sociedades sobre lo que entraña la interpretación. Aunque es evidente que según las épocas esa tarea –con todos los matices que van desde un ejercicio espontáneo hasta una profesión reconocida– ha adoptado y adopta formas muy variadas y variables en cuanto a su reconocimiento social, lo cierto es que la opinión pública e incluso entornos culturalmente preparados siguen confundiendo en nuestras sociedades la traducción oral con la escrita y siguen sin entender que trasladar un mensaje de una lengua a otra requiere millones de sinapsis neuronales de un cerebro humano. Igual que algunos autores de ficción, muchos lo ven como una operación mecánica y otros lo consideran un prodigio. Los lectores de estas líneas saben muy bien que no es ni lo uno ni lo otro.

Bibliografía

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About the author(s)

Former Associate Professor (now emeritus) at the Department of Translation and Interpretation of the University of Salamanca (until 2013). MA in History (1975) and PhD in Translation and Interpretation (1998), University of Salamanca. Former staff translator and interpreter at the United Nations Headquarters in New York (1989-1999). Founding member of the Alfaqueque Research Group (http://campus.usal.es/~alfaqueque/) (University of Salamanca, 2008).

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©inTRAlinea & Jesús Baigorri Jalón (2019).
"La interpretación, entre oficio y profesión"
inTRAlinea Special Issue: Le ragioni del tradurre
Edited by: Rafael Lozano Miralles, Pietro Taravacci, Antonella Cancellier & Pilar Capanaga
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Stable URL: http://www.intralinea.org/specials/article/2395

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